Ciudadanos de la jauría

Eduardo González Cueva

Blog “Torre de Marfil” – lamula.pe

“Toda persona acusada de un delito es inocente hasta que se demuestre lo contrario.” ¡Cuánto nos falta como país para llegar a que este principio se convierta en una convicción compartida en vez de una ingenuidad! En efecto, en el Perú, las actitudes públicas respecto a la inocencia o culpabilidad dependen, no de los hechos, sino de la identidad del acusado. Pertenecer a un grupo marginalizado, no conformar al modelo de comportamiento que se espera de uno, no tener poder político, son demostraciones de culpa más importantes que la investigación judicial.

El caso de la desaparición del estudiante Ciro Castillo en el Colca es un ejemplo perfecto. La sobreviviente, Rosario Ponce, se ha convertido en el último depositario de los miedos y ansiedades de una ciudadanía que parece necesitar permanentemente de algún chivo expiatorio fabricado por una prensa crónicamente incapaz de profesionalismo.

Ninguno de los supuestos indicios que la prensa ha agitado para culpabilizar a la sobreviviente del Colca tiene la menor solidez. Cualquier fiscal sabe que estaría malgastando recursos con una acusación penal sin pruebas, y que la defensa tendría una tarea fácil por delante. Al fin y al cabo, la presunta culpabilidad de Rosario Ponce se sostiene en “pruebas” tan ridículas como la “sicografía”, es decir, una “carta dictada por Ciro” desde el más allá a un vidente (de acuerdo al film Rashomon, tal método era válido en el Japón feudal); o el análisis gestual, según el cual la forma en que un sujeto mueve las manos o dirige la mirada evidencia la verdad o la mentira (ver en “La República“).

Hemos llegado pues –al cabo de décadas traumas sociales y mediocridad periodística- a declarar nuestra completa independencia de la realidad. Los datos ya no interesan, sino la creatividad. La justicia es innecesaria si hay a la mano un argumento. El caso Colca demuestra que somos una sociedad en la que buscamos permanentemente oportunidades de atacar en mancha, de cebarse en el que no se puede defender. Atacar al monstruo de turno –sea Rosario Ponce, Lori Berenson, Martha Chávez o Nadine Heredia- es participar en un ritual de pertenencia, en una violencia verbal socialmente aceptable, en la ciudadanía sangrienta de la jauría.

No es casual, por cierto, que tantas veces el objeto de nuestros cargamontones sean mujeres. De ellas se espera que sean tiernas, privadas, sufrientes y leales. ¿Por qué no camina Rosario, como una peregrina, por el Colca, en vez de seguir con su vida? ¿Por qué hay mujeres que gritan e insultan? ¿Por qué hay mujeres que quieren poder? ¿Por qué se visten así? ¿Por qué sonríen? ¿Por qué no lloran? La culpabilidad del monstruo de turno no radica en lo que pueda haber ocurrido en el Colca, sino en su comportamiento hoy. De hecho, el periodista Beto Ortiz ha llevado esta lógica a su extremo más obvio: como una mujer no puede hacer las cosas solas, menos aún algo tan enorme como un delito, tiene que haber un “hombre detrás”, que para Ortiz es un maligno exintegrante del SIN, o un exnovio.

Pero, además de la violencia sexista del linchamiento mediático de Rosario Ponce, hay una profunda hipocresía –no, cobardía- en el olvido interesado de que el Perú es un país con 15,000 desaparecidos como resultado del conflicto armado interno, cada uno de los cuales tiene una familia tan valiente y tan sufriente como la del estudiante del Colca. En la absoluta mayoría de las desapariciones internas se sabe perfectamente qué instituciones estuvieron, no detrás, sino al frente del delito; se sabe qué políticos en actividad tienen responsabilidades; en muchos casos hay acusaciones abiertas y sentencias internacionales; pero cierta prensa no mueve un dedo para ayudar a esclarecer esas desapariciones con responsable a la vista. La diferencia es obvia: no lo hacen por miedo; porque una cosa es aplastar a una persona impopular y sin defensa y otra muy distinta es tocar a un político con poder.

¿Qué tiene que hacerse para que en el Perú haya un abogado que le recuerde al público que no se puede juzgar a alguien sin pruebas? ¿Qué tiene que ocurrir para que un editor diga “basta” la próxima vez que le lleven un artículo amarillista? Ambas preguntas son una protesta ingenua, impotente; porque hasta que no encontremos maneras de canalizar nuestros conflictos en el diálogo entre ciudadanos, seguiremos necesitando rituales no cívicos de violencia y cobardía.

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Aprendices de Faúndez

José Alejandro Godoy

Publicado en su blog “Desde el Tercer piso”

Tinta Roja es una de las mejores novelas escritas sobre el periodismo en los últimos años. Alberto Fuguet logró reconstruir el espíritu de un diario sensacionalista, en particular, cuando trata noticias policiales. Sobre todo con un personaje: Saúl Faúndez.

Fuguet muestra a un viejo periodista que recomienda a su pupilo inventar detalles de casos policiales para que “El Clamor” tenga mayor lectoría y que mantiene excelentes relaciones con la Policía para obtener datos y primicias a cambio de dar protagonismo a los oficiales o suboficiales que intervienen en los operativos de captura. A su vez, este diario muestra las portadas más regadas de sangre de la prensa, en el universo creado por el escritor chileno.

Uno sabe qué no esperar de medios abiertamente sensacionalistas: rigor, precisión en los hechos, una reflexión mayor sobre un acontecimiento que involucra un crimen de por medio, y delicadeza en mostrar imágenes que afecten la susceptibilidad de los lectores.

El problema está cuando aquellos medios que gozan de alguna credibilidad o que llegan a más personas hacen uso y abuso de la noticia policial, sin ningún tipo de reflexión, utilizando el tiempo condicional en casi todas las oraciones, mostrando un mero carnaval de sangre y efectismo.

Quizás la mayor expresión de este fenómeno es lo ocurrido con el caso del estudiante Ciro Castillo-Rojo. Durante 6 meses hemos tenido que soportar toda clase de teorías de la conspiración dirigidas a establecer la existencia de un crimen, así como la posible responsabilidad de su pareja, Rosario Ponce, en un presunto homicidio. Ninguna de estas teorías tenía asidero en la realidad y tenían un único objetivo: vender más diarios u obtener más rating.

Con las excepciones de siempre, varios medios de comunicación cometieron una serie de errores reseñados por Roberto Bustamante, como entrevistar a charlatanes, convertirse en jueces, apelar a material privado filtrado desde la Policía, olvidar sus principios rectores y el derecho a la privacidad y, para rematar la “faena”, exhibir imágenes del cadáver encontrado. Peor aún, no se plantearon preguntas claves sobre la inoperancia de la policía o de las instancias de auxilio ante la pérdida de dos personas en una zona altamente visitada por turistas. Ya ni hablemos de los 15,000 desaparecidos a raíz del conflicto armado interno, ignorados por años.

Si Saúl Faúndez existiera en la vida real, quedaría complacido de sus émulos. O, tal vez, se horrorizaría al ver que lo han superado.

Una defensa de Rosario Ponce

No existen hasta el momento evidencias de ningún tipo, ni indicios con el debido sustento, para someter a la sobreviviente del Colca al ominoso trance que padece.

Fernando Ampuero

Publicado en La República el 8 de Octubre del 2011

Dos muchachos, Ciro Castillo Rojo y Rosario Ponce López, salieron de excursión al valle del Colca y, al cabo de unos días, se perdieron en una de las agrestes quebradas vecinas al nevado Bomboya. Ciro, según nos cuenta Rosario, la única testigo, salió en busca de las luces de Tapay, un pueblito de las inmediaciones, con el fin de orientarse en la ruta que ambos más adelante deberían seguir. Pero él no regresó. Ella lo esperó unos días, sufrió sed, hambre y frío, y finalmente optó por desandar el camino; nueve días después, una brigada de rescate la encontró caminando, en estado de agotamiento y desvarío. Estos son los hechos. Ciro fue hacia un lado de la montaña y Rosario fue hacia el otro, pero de Ciro desde entonces nunca más se supo.

Fuera de estos hechos – es decir, dos jóvenes se perdieron en el Colca y uno no retornó–, todo lo demás son especulaciones, conjeturas, meras suposiciones. Hipótesis, las llaman, y por lo común casi todas se contradicen, aunque este crucial detalle se olvida. Igualmente se olvida que, con anterioridad, las desapariciones de viajeros y turistas en el Perú no son infrecuentes.

Entre el 2010 y lo que va del 2011, perecieron en nuestras montañas 27 turistas extranjeros, muchos por ascender sin guía, y se reportaron desapariciones que, al parecer, habrían ocurrido por caídas en grietas o por pequeños derrumbes de piedra y nieve que sepultaron los cuerpos. Asimismo, en el Colca, se han producido decenas de desapariciones en otras épocas (cifras no oficiales de Tapay) y, ya en el siglo XXI, unas 20 desapariciones oficiales, denunciadas en un inicio como tales, donde hubo búsqueda y recuperación de cuerpos, según declaraciones del mayor Robert Grande de la unidad policial de salvamento de alta montaña.

El cóndor siempre avisa”, me ilustró un campesino de Yanque hace unos días, cuando estuve de visita en el Colca. “Gira en el aire cuando alguien agoniza o cuando alguien muere”.

¿Qué pasó con Ciro? Nadie lo sabe. La Policía y la Fiscalía ignoran si ha huido, o si lo han asesinado, o, lo que quizá sea más probable, si Ciro ha caído en un abismo con grietas insondables. No hay cuerpo: no hay evidencias. Es legalmente imposible establecer qué sucedió.

Sin embargo, Rosario Ponce es acusada de homicidio y el circo de las hipótesis no cesa y alimenta desaforadamente los expedientes de dos juicios en marcha: el legal, donde Rosario por justicia tendrá que ser declarada inocente, y el mediático, donde se manipula desde hace seis meses a la opinión pública, insinuando su culpabilidad o condenándola abiertamente.

Los argumentos de la gente para poner a Rosario en la picota son subjetivos, y la mayoría los esgrimen como si hablaran de pruebas irrebatibles: “Es una chica perturbada”, “Oculta algo”, “Sonríe inoportunamente”, “Se queda muda”, “Parece insensible”. Más claro: banalidades.

Tales “cargos” pueden fácilmente levantarse. Su ánimo perturbado, en un principio, surgió a causa de su experiencia traumática de supervivencia (que la forzaría a comer hormigas, a beber sus propios orines, etcétera), creció en la etapa inicial en que Ciro no aparecía y, por supuesto, maduró por la irresponsable campaña mediática. A ello siguió, durante meses, su obligado silencio, dado que las investigaciones le impedían hablar, mientras cualquier hijo de vecino decía de ella lo que se le antojaba. Las primeras planas de la prensa la golpeaban con titulares agraviantes: “¡Mentirosa! ¡Asesina!”. En la calle, en muchas ocasiones, la abucheaban y le lanzaban piedras, y las paredes de su casa amanecían con pintas que repetían esos insultos.

Nunca antes en su vida Rosario tuvo tratamiento psiquiátrico. Ahora sí lo tiene. A mí me contó que un día, en la calle, se le acercó una periodista y le dijo: “¿Tú sabes que todo el Perú te odia?”. Ese tipo de prensa desalmada busca provocarla, generar en ella una reacción de violencia, con el exclusivo fin de obtener un comentario airado: un nuevo titular que la hunda.

“No, no”, insisten sus enemigos (porque definitivamente ya tiene enemigos). “Es una chica perturbada”. ¿Cómo no va a serlo ante su terrible situación?, me pregunto yo. Lo extraño más bien sería que no estuviera perturbada. “¿Y por qué se calla?”. Porque le han abierto una nueva instructiva, y otra vez se le prohíbe hablar. “¿Y por qué se contradice en sus diversas declaraciones?”. Esto no es cierto: no se contradice; en sus cuatro declaraciones oficiales sostiene siempre lo mismo. “¿Y por qué sonríe a veces sin ton ni son?”. En primer lugar, contesto, ella está medicada por su psiquiatra; en segundo, padece de un problema nervioso que la hace sonreír. Antes del incidente del Colca, Rosario era simplemente una muchacha un tanto inexpresiva, pero risueña, y hoy esto juega en su contra: la hace ver como un ser insensible e indiferente.

Nadie parece advertir, de otro lado, que Rosario tiene 24 años, ¡es casi una chiquilla!, y que se muestra lo bastante fuerte no solo para vencer abruptas montañas, sino también para asumir su rol de madre soltera, afortunadamente respaldada por su familia, y para persistir en terminar sus estudios de ingeniería forestal. Nadie recuerda que Ciro, meses atrás, era su enamorado. Y que ella, en su corazón, ha sufrido al suplantar a la persona íntima por esta ausencia que la objeta.

Naturalmente, yo entiendo, como la mayoría de los peruanos, el dolor por la pérdida de un hijo, sentimiento que atormenta al doctor Ciro Castillo, padre del desaparecido. Entiendo su obstinado afán de búsqueda y su desesperación. Más difícil resulta comprender, eso sí, que él acoja como plausibles las hipótesis más extravagantes que se barajan. En una de ellas, según recuerdo haber visto en televisión, el doctor Castillo, hombre culto e inteligente, de profesión médico, se detuvo en un paraje del Colca y recogió unos huesos blanquecinos, que el más inexperto de los exploradores podía deducir que tenían decenas de años, y luego declaró ante el micro del periodista que lo acompañaba que esos huesos podían ser de Ciro y debían analizarse.

En los últimos días, gracias a otro reportaje televisivo cuyos reporteros reprodujeron con exactitud el periplo de Ciro y Rosario, pudimos apreciar el tremendo esfuerzo que demandó su aventura, que, al decir de un enterado guía de la zona, los llevó a tomar un camino equivocado y lleno de abismos con profundidades de quinientos metros o más. Los reporteros llegaron al lugar preciso donde se les cayeron las mochilas, y a ese otro, alejado de la mano de Dios, donde la pareja se separó. Allí, aterrada por el acecho de los pumas y la inclemencia del clima, Rosario esperó a Ciro varios días, y desde allí ella emprendió el camino de regreso. En opinión de los periodistas, y en particular del curtido guía, el retorno con vida de Rosario ha sido una proeza.

Alguna prensa, es cierto, está ahora cambiando de rumbo. Y empieza, de pronto, a darse cuenta del injusto cargamontón de tantas personas inescrupulosas que se aprovecharon de esta desgracia con presuntos fines lucrativos, publicitarios o simplemente morbosos. Sin embargo, aún siguen dañando a Rosario, en lo moral y en lo psicológico. Se escudriña en su correspondencia privada, se ventilan intimidades amorosas que nada aportan a la investigación, se hace escarnio de su estado de nervios. Las teorías en su contra, ni qué decir, son solo eso: meras fabulaciones. Los ataques del público enardecido, que decidió cambiar la telenovela de moda por este informal linchamiento, una psicosis inducida. Rosario, en todo caso, es fuerte. Sabe lo que vale, y se lo dice a diario a su hijo de cinco años. Y no se avergüenza, ni se siente culpable de haber sobrevivido.

El mundo vs Rosario Ponce

Claudia Chávez

Blog “Una vaca multicolor” – lamula.pe

Todos los medios han seguido el caso de Ciro Castillo y Rosario Ponce. Ambos se pierden en las alturas y, tras días de búsqueda, ella es rescatada. La emoción fue enorme. Rescate nacional, “casi comparable con la de lo 33 mineros en Chile”, exagero.

Pero en cuestión de semanas, la heroica labor de las autoridades, la imagen dulce de niña encontrada de Rosario se fue poco a poco desfigurando hasta el día de hoy en que le gritan asesina en la calle, las redes sociales la repudian y ella, ante los medios, desvaría. Ya sea para odio o burla de quien la ve, los medios se han encargado, no sutilmente, de lapidarla en público. No creo haber visto algún medio que apoye a Rosario, o que abiertamente crea su versión de la historia, en todo caso no como manifiestan no creerle o acusarla.

Pero sí creo que con este caso, los medios están dejando de lado una gran responsabilidad que tienen para con sus lectores. Considero que están mezclando asuntos sentimentales, que remueve las pasiones de las personas, hasta su moral, con las ganas de seguir una historia cuyo fin, no le corresponde juzgar a los medios. Un poco más y los medio empezarán a convocar, “por la justicia cósmica”, campañas para regresar a Rosario al Colca (hecho que casi ocurre cuando ella tuvo que regresar a Lima por fallas técnicas).

La mayoría de medios la repudia. Sobre todo la prensa chicha como Trome, Ojo, Ajá. Los medios que pueden considerarse más serios, tratan el tema de manera ‘neutral’, como en La República o El Comercio. Se limitan a exponer declaraciones queriendo evitar los juicios. Basta con ver las pequeñas notas o los titulares. Tal vez Augusto Álvarez Rodrich ha puesto las cartas sobre la mesa cuando se trata de evaluar a los medio con respecto a este caso.

Aún así, si es que existen dos  ángulos de la misma historia, los medios se están tomando un gran riesgo al tratar un  hecho no como noticia, sino como novela. Cada edición contiene un nuevo episodio, no un nuevo dato. De repente con estos casos, a un sector de los medios les provoque, por fin, auto evaluarse un rato.

CSI Colca

Por Augusto Álvarez Rodrich

Publicado en La República el 30 de Agosto 2011

El asesinato del periodismo ético que busca la verdad.

No tengo idea de cuál será la verdad en la desaparición de Ciro Castillo y, a estas alturas de la tragedia, no me sorprendería cualquier desenlace, pero tengo la sensación de que la cobertura de un sector de la prensa se ha pasado de vueltas, mellando su prestigio, y triturando la ética y la verdad a cambio de circulación y rating.

La desaparición de dos universitarios clasemedieros, enamorados, en viaje de aventura, con el rescate de la muchacha y un joven que sigue perdido por más de 150 días, tiene todos los componentes clásicos para atraer el interés ciudadano.

La gran cantidad de series televisivas cuyo eje es desenmarañar un crimen prueban dicho interés: CSI New York, Miami y Las Vegas, Cold Case, Misterios sin resolver, Without a trace, Detectives Médicos, Body of Proof, Bonds o Criminal Minds son solo algunas de las policiales que atraen gran audiencia.

No está en duda la legitimidad de la atención de los medios por Ciro Castillo. Por un lado, la prensa responde a la necesidad de informarse de la gente y debiera abocarse a revelar la verdad. Por el otro, algo que a los periodistas nunca nos gusta contar es que el periodismo también es un negocio que requiere altas circulaciones y ratings, lo cual no tiene nada de malo –al contrario– si esto se hace con ética y apegado a la verdad.

El periodista tiene muchos compromisos –con el medio en el que trabaja, con la gobernabilidad o con sus lectores o audiencia–, pero, antes que todo, está el compromiso con la verdad, lo cual constituye un fundamento innegociable.

Ahí radica, precisamente, el problema en la cobertura de la desaparición de Ciro Castillo. Cuando el periodista cree que la verdad no puede interferir con un ‘buen’ titular o un ‘buen’ reportaje –evaluados solo por su impacto en la circulación o el rating–, y cuando sus editores lo aceptan mirando al techo y esperando el aplauso del gerente que mide el éxito periodístico por la publicidad que contabiliza, se acaba triturando el compromiso prioritario con la verdad que demanda este oficio.

Como anotó con acierto Pedro Ortiz Bisso ayer en El Comercio, “para lamento de quienes se olvidan de ser periodistas para fungir de fiscales, al momento de escribir estas líneas no existe una sola prueba irrefutable que señale que en el cañón arequipeño hubo un crimen. No se ha establecido siquiera un móvil que sustente la teoría de un asesinato”.

Rosario Ponce podrá tener actitudes y reacciones que llamen la atención y hasta la sospecha, pero aún no hay pruebas de que sea una asesina. Sin embargo, un sector de la prensa –empujado por la lectoría o el rating– no ha tenido el menor reparo en acusarla, condenarla y hostigarla para construir un reality show irresponsable que los desprestigia a ellos mismos y tiene, entre otras víctimas, al periodismo ético que busca la verdad.

Papelones mediáticos

Por Patricia Wiesse

Publicado en la revista IDEELE edición 212 de Setiembre 2011

Pasar de víctima a presunta asesina es cosa de unas cuantas portadas y otras tantas declaraciones. El tratamiento del caso de la desaparición de Ciro Castillo por los medios ha sido lamentable.

No sorprende de los diarios ‘chicha’, pero sí de un diario como Perú.21, con cierto prestigio que guardar y que, en este caso, sucumbió a la mala leche y al sensacionalismo. Ni qué decir de canal 5, que, fungiendo de Sherlock Holmes criollo, anduvo “más perdido que Ciro en el Colca”.

Todo empezó el 13 de abril de este año, cuando encontraron a Rosario Ponce deshidratada y un poco ida. La noticia rebotó en los principales medios del país. Sin proponérselo, se había convertido en la joven y valiente sobreviviente de una tragedia. El Trome estrenó su novela por entregas que comenzó con el titular “Volveré por ti, amor”. Pero la conmiseración duró solo una portada más: a los pocos días se produjo un giro, cuando la historia romántica comenzó a convertirse en una película de Alfred Hitchcock.

Desde entonces, entre mediados de Abril y Agosto de este año, los titulares de ese diario la presentaron como una testigo que ocultaba la verdad. La suspicacia y la sospecha fueron in crescendo, hasta convertirla en presunta asesina: “Se cayó por buscar a Rosario”, “Pesadilla”, “Sí, tuve pelea con Ciro”, “Es fría y fantasiosa”, “Madre llora por hijo”, “Creen que mataron a Ciro”, “Rosario huye”, “Habla si mataste a mi hijo”, “La llevarán a la fuerza”, “Rosario, ¿dónde está Ciro?”.

Treinta y dos portadas impresas y 181 notas en la web del diario ‘chicha’ más leído influyeron en un vasto sector popular que cambió su percepción. Así, la universitaria se transformó de víctima en victimaria.

También Perú.21 decidió prenderse del caso con saña desde el inicio. Luego de presentar varias notas informativas breves, en tono sobrio, que daban cuenta de la búsqueda de dos turistas perdidos en el Colca y el testimonio de la universitaria que sobrevivió sin comida ni agua, súbitamente, el 18 de Abril, cambió el tono y la subjetividad primó en el enfoque del tema. El titular de ese día muestra la primera inclinación en contra de Rosario Ponce: “Quieren interrogar a Rosario por caso Ciro”. La nota desliza las primeras suspicacias, al sostener que las declaraciones de la joven eran contradictorias y no dejaron satisfechas a las autoridades.

El diario La República se demoró un poco más en entrar en el juego de la desconfianza, pero fue contundente el 25 de Abril, con un titular de lo más sugestivo: “Un rosario de muchas contradicciones: declaraciones de joven no esclarecen hechos”. Dicha información iba acompañada de una foto con una leyenda incriminatoria: “La última persona que lo vio con vida y que puede dar pistas más certeras sobre la ubicación del muchacho ha entrado en una serie de divagaciones. Nos referimos a su enamorada, Rosario Ponce”.

Ya en el mes de mayo, la suerte de la joven estaba echada. La consigna mediática era lapidarla a cambio de rating y aumento de ventas. Siguiendo esa lógica, no podía caber la menor duda de que ocultaba información de vital importancia para la Policía. El día 3 de ese mes, Perú.21 sostiene: “Rosario debe declarar hoy. La investigación es por el presunto delito contra la vida, el cuerpo y la salud”.

Tres hechos van perfilando la tendencia acusadora en los medios. Primero, el comportamiento errático de la muchacha, que exacerba los ánimos cuando no se presenta ante la DIVINCRI de Arequipa; y las dudas sobre su equilibrio emocional luego de ser sometida a un examen psicológico. La República informó que, según su amigo Efraín Matos, las peleas de Ciro y Rosario llegaban a los golpes, y las agresiones surgían por el difícil carácter de la joven.

Segundo, la intervención de la Fiscalía anunciando una investigación. La Junta de Fiscales declara que no se trata de una desaparición. “Investigamos un crimen”, expresa.

Tercero, la presencia del padre de Ciro, que se yergue como un protagonista con ribetes de héroe trágico (“En nombre de Ciro Castillo: el vía crucis de un padre en el cañón del Colca”. Titular de La República del 22 de Mayo). Un señor correcto y caballeroso que con el correr de los días fue presa de una desesperación totalmente comprensible que lo hizo perder la brújula durante la búsqueda infructuosa en medio de un paisaje demasiado austero y desolado; tanto, que en Julio denuncia a Rosario Ponce por homicidio. Lo más delirante fue cuando, en Malata Vieja, hallaron unos huesos en una tumba prehispánica y el padre de Ciro presidió las excavaciones, esperando encontrar los restos de su hijo, hecho que motivó la protesta de los antropólogos forenses.

Ya en el mes de Mayo, la suerte de la joven estaba echada. La consigna mediática era lapidarla a cambio de rating y aumento de ventas.

La noticia pierde protagonismo durante los dos meses siguientes para resurgir con fuerza en Agosto, mes en el que se comienza a especular sobre la complicidad de la Policía con Rosario. Perú.21 publica el día 5: “Rosario Ponce fue orientada por policía para declarar sobre Ciro: Jefe de alta montaña lo niega”. En ese momento, La República decide replegarse y asume una posición más equidistante, mientras que Perú.21 bombardea sin piedad, dedicándole nueve portadas al caso: “Por fin habló”, “Se quebró”, “Mentirosa”, “Estaba vivo”, “¿Ubicaron a Ciro?”, “Los cinco días perdidos”, “Pudo haber fugado”, “Sacan a Fiscal”, “Ciro, sé hombre y sal”.

Mención aparte merece el comportamiento de los medios televisivos, que provocaban vergüenza ajena cuando presentaban sus erráticas seudoprimicias y revelaciones. Recordemos la imagen del reportero señalando un nicho en el cementerio del Madrigal, mientras afirmaba con dramatismo que ahí estaría enterrado Ciro. Al día siguiente fue desmentido, y el error quedó impune.

Ha sido la exacerbación del circo y el morbo a partir de la inexactitud, la imprecisión y la mentira. Los programas dominicales fueron los abanderados del caso: Punto Final le dedicó 11 reportajes y 5 entrevistas en dos meses (julio-agosto); Panorama trató el tema en 12 reportajes en el mismo lapso de tiempo. En ambos casos primó la falta de rigor periodístico. Además, la manipulación de sentimientos rayana en la huachafería no pudo ser más evidente cuando, el domingo 4 de septiembre, ese mismo programa transmitió un reportaje basado en un video casero de la familia Castillo, con escenas conmovedoras de cuando la familia era feliz y un texto lacrimógeno del reportero. Algo tan intolerable como ver llorar a la madre de Ciro ante cámaras, con toda la solidaridad que su dolor nos produce.

Los noticieros televisivos fueron los reyes del papelón. El que se llevó la corona de la imprecisión —por no decir amarillaje— fue 24 Horas de Panamericana Televisión: el 2 de septiembre presentó como primicia exclusiva la versión de que fueron los policías del Madrigal los que mataron a Ciro. “Según fuentes de 24 Horas, lo golpearon, lo mataron y montaron con Rosario el cuento de que estuvieron perdidos”, sostuvo con convicción el reportero. Otra patinada estrepitosa fue la del periodista de Frecuencia Latina Juan Ortiz, quien hizo el show de descender por un escarpado hasta una caverna donde supuestamente estaba el cuerpo de Ciro, acompañando a la ‘topo’ Caroll Chaman, que gritaba desaforada el nombre del desaparecido como si él le fuera a responder. ¿Creían que estaban reeditando la versión chola de la película 127 horas, basada en la historia real del escalador Aron Ralston, cuyo antebrazo quedó atrapado bajo una enorme roca durante cinco días?

No contento con lanzar información sin comprobar, desesperado por ganarle a la competencia, 24 Horas llegó al paroxismo de entrevistar a la especialista en comunicación no verbal Rosa María Cifuentes, que analizó los gestos de Rosario Ponce: parpadea bastante seguido, gesticula mucho, sube la mirada cuando habla de Ciro. “Sus gestos la contradicen”, sentenció la profesional. Si a eso se une que muestra nerviosismo en la construcción de las frases, la chica oculta la verdad. La cereza de la torta fue la conclusión de Cifuentes con respecto a la madre de Rosario: “La señora tiene el rostro dilatado. Eso significa que es dominante e intolerante”.

Quizá debido al cargamontón y a la tergiversación del papel del periodismo en casos como éste, a fines de agosto algunos pesos pesados escribieron columnas en las que la reflexión sobre el tema marcó distancias con respecto al manejo mediático.

Patricia del Río manifestó el 27 de Agosto: “Rosario es una muchacha extraña que no solo guarda un hermetismo difícil de descifrar sino que siempre se ríe en el peor momento y vive su propia historia como si estuviese mirando pasar la tragedia de alguien más. Hay vacíos en su testimonio y poca disposición para aclarar lo que realmente pasó. Sin embargo, nada de eso la convierte automáticamente en una asesina”.

Augusto Álvarez Rodrich sostuvo el martes 30 de Agosto: “Rosario Ponce podrá tener actitudes y reacciones que llamen la atención y hasta la sospecha, pero aún no hay pruebas de que sea una asesina. Sin embargo, un sector de la prensa no ha tenido el menor reparo en acusarla, condenarla y hostigarla para construir un reality show irresponsable que los desprestigia a ellos mismos”.

Raúl Wiener escribió el 31 de Agosto: “La chica Ponce ha hecho todo lo posible para levantar sospechas sobre sí o, por lo menos, para caerle antipática a la gente y construirse una opinión pública en contra. Sus contradicciones e incoherencias no denotan una inteligencia calculadora sino una inmadurez y una falta de sentido de la realidad que le impide entender lo que la perjudica”.

Para no ser lapidados, en Septiembre se produce un viraje o —para no ser tan optimistas— un cambio de tono en la televisión dominguera (no en los noticieros). Los reportajes del día 4, en vez de lanzar hipótesis equivocadas o malintencionadas, entrevistaron a los dos bandos para recoger sus versiones. Demasiado tarde.

El concepto de prensa seria ha sido puesto en entredicho. Alguien debe ser linchado para que la noticia se convierta en negocio y espectáculo, a lo Laura Bozzo.