Los Castillo y los Ponce sin punto final

Por Augusto Álvarez Rodrich

Publicado en La República el 22 de Octubre 2011

Cuando la verdad no se opone a un ‘buen’ titular.

Más de 200 días después de desaparecido y de haberse convertido en tema inacabable de portadas y reportajes, la inminente recuperación del cuerpo del estudiante Ciro Castillo Rojo debería llevar a una evaluación profunda de la prensa sobre la cobertura que hizo de esta desgracia, especialmente de aquella que no tuvo problemas en mentir con descaro e irresponsabilidad solo con el fin de mejorar su circulación o audiencia.

Ojalá que el cuerpo que hace unos días vieron cinco rescatistas en un precipicio de 900 metros en el nevado de Bomboya sea efectivamente el de Ciro, pues no es la primera vez que se efectúa un falso anuncio que frustra el deseo de las dos familias directamente involucradas en esta desgracia de encontrar el cadáver como una forma de ponerle punto final a la tragedia.

Pero ese punto final nunca va a llegar. Para la familia Castillo, porque la muerte de un hijo constituye una pérdida irreparable que nunca podrá ser asimilada. Para la familia de Rosario Ponce, porque un sector de la prensa se encargó, sin los elementos suficientes, de condenarla y de asesinar su reputación.

Con una serie inacabable de reportajes motivados únicamente por la constatación de que Ciro Castillo era gasolina de alto octanaje para elevar ratings y circulaciones, un sector de la prensa se dedicó a alargar la historia como chicle.

En ese proceso, no tuvieron problema en denigrar a Rosario Ponce, acusándola de asesina e, incluso, divulgando material estrictamente privado como el obtenido en sus declaraciones en la Cámara Gesell, lo cual es una grave violación de la intimidad y de la privacidad. Esa fue una decisión que, hay que decirlo de manera clara y directa, no es periodística sino comercial, pues no se habla acá de la búsqueda de la verdad –que es lo que un periodista responsable debe hacer– sino del dinero.

¿Va la prensa a hacer esa autocrítica que se le demanda luego de una cobertura periodística en la que, con dignas excepciones que tampoco fueron pocas, abundaron malas prácticas del oficio que sus autores, sin duda, no cometerían si es que los perjudicados fueron sus hijos o familiares? Lo dudo mucho. Lo que van a hacer muchos de estos irresponsables es salir a buscar, como hienas hambrientas, la próxima víctima.

Es ante casos como estos en los que me asaltan dudas sobre el planteamiento de despenalizar los delitos de prensa. No, ciertamente, ante abusos contra periodistas como el pucallpeño Paul Garay –quien sigue preso, no hay que bajar la guardia–, pero sí ante abusos como el cometido contra Rosario Ponce, en cuyo caso algunos medios siguieron con rigor eso de que la verdad no puede interferir con un ‘buen’ titular.

Ciro en el grado Cero

Por César Lévano

Publicado en el diario La Primera el 26 de Octubre 2011

El descubrimiento de los restos de Ciro Castillo-Rojo no ha sosegado los titulares de la prensa amarilla, ni el ánimo de los padres del joven estudiante.

Mucho del drama suscitado por el caso ha provenido del escándalo mediático. Ciertas hojas se empeñaron en alentar sospechas respecto a Rosario Ponce, la amiga del desaparecido que lo había acompañado en excursión al cañón del Colca.

El padre de Ciro, con exaltación comprensible, quiso atribuir a asesinato la muerte probable de su vástago. No tenía ninguna prueba. Solo le alentaban el dolor, la cólera, la sospecha. Su exceso era pasión de padre, hijo del amor.

Ahora, los restos han sido encontrados y recuperados. Toca a la ciencia forense determinar la causa de la muerte. A ese dictamen hay que someterse.

Entretanto, la joven Rosario Ponce ha estado sometida a un bombardeo de acusaciones, a una tortura psicológica sin tregua y sin razón, que hicieron nacer odios e insultos contra ella. Un poco más, y cae victimada por turbas que la prensa chicha alentó. Admira que, pese a todo, la estudiante haya conservado la serenidad, que para muchos significaba sangre fría.

De todo esto queda una lección para el periodismo. No se deben lanzar o acoger acusaciones temerarias, que carecen de pruebas y que en este caso provenían, visiblemente, de una herida humana, demasiado humana, paternal.

El caso recuerda, el revés, el del médico padre de uno de los “potrillos” del Alianza Lima, que en 1987 desaparecieron en un avión Fokker de la Marina de Guerra del Perú que volaba sobre las playas de Ventanilla. El caballero juraba que su hijo estaba con vida, en algún lugar remoto. Era conmovedora esperanza. De aquella tragedia, en que murieron 46 personas, entre jugadores, cuerpo técnico y árbitros, ese dolor se irguió para negarle a la muerte el derecho de matar. Era el ilusionado no a la muerte pronunciado por un corazón desgarrado. Supongo que el tiempo restañó la herida y dejó la cicatriz de la resignación.

Conmovedora fue asimismo la reacción de la madre de otro “potrillo”, doña Marcia Carolina López. Respecto a su hijo Carlos Bustamante, también desaparecido en el Fokker. Ella declaró tiempo después: “No, mi hijo no está muerto. Por eso yo nunca le he hecho misa”.

Respecto al universitario Ciro, no nos adelantamos al veredicto de los forenses. Lo más sensato, creemos, tanto para nosotros los periodistas, como para los padres del joven, es acudir al máximo de calma posible.

También hay una moraleja para el público que lee la prensa amarilla, y que le cree: no hay que dejarse manipular por los periodicuchos que no informan, sino que inventan, mienten y escandalizan, al mismo tiempo que callan sobre hechos y personas que sí merecen atención.

El gran mentiroso

Cuando los medios y casi toda la opinión pública empezó a dudar de la supervivencia de Rosario en el Colca, en Setiembre del 2011, la incógnita era, si no pudo sobrevivir sola, entonces ¿quién le ayudó?

Por Victorio Neves de Baers

Debido a lo poco conocido, agreste, y supuestamente extremadamente frío e inhóspito del lugar, las sospechas se dirigían a alguien que conociera muy bien el lugar; por descarte, Tito Lupa, lugareño y minero informal, satisfacía ese perfil, con el ingrediente adicional, que era la última persona, en compañía de su amigo Moisés Condori, en hablar con la pareja, esto, el día 31 de Marzo, cuando se cruzaron en el cerro Fortaleza.

Por esa fecha, además, se tejía la teoría que en Fortaleza fue un tercero el que les tomó una foto, y aunque esto fue negado por Rosario Ponce, las conjeturas empezaron a apuntar al mismo Tito Lupa de haber sido quien presionó el disparador de la cámara, y no el impulso eléctrico del temporizador programado por Rosario.

Cuando Tito Lupa salió a los medios a desmentir su participación en ayudar o encubrir a Rosario, o en participar de algún crimen, el abogado del Dr. Ciro, Juan Medina, replicó inmediatamente en los medios: “Tito Lupa es un gran mentiroso“.

¡No le creemos! La verdad saldrá pronto a la luz y se darán cuenta que Tito sabe más de lo que dice y debe confesarlo”, afirmó el letrado.

Tito Lupa no soportó la presión mediática, lloró ante cámaras clamando inocencia y afirmó que había empezado a padecer pesadillas.

Ayudé de forma desinteresada a buscar a Ciro, y su padre lo sabe. Mis hijos han dejado de comer, porque me comprometí en cuerpo y alma a buscarlo, y ahora me duele que me traten de mentiroso. Solo pido que no me hagan daño, ni a mis hijos”, reclamó entre sollozos.

Añadió como dato adicional que por la ayuda que brindó al Dr. Ciro en los primeros días, éste le ofreció pagar cien soles, los cuales no había recibido hasta esa fecha.

Cuando la Dra. Lozada retornaba de la diligencia en el Bomboya el 13 de Octubre, realizó una diligencia no anunciada a la casa de Tito Lupa, entre Fortaleza y Madrigal, por presión de los acusadores, para buscar algún indicio que involucrara al minero; se aplicó luminol en varios ambientes de la casa sin hallarse evidencia de sangre, pero se encontró una ropa ensangrentada la cual fue tomada como indicio y llevada a los laboratorios para determinar su exacta naturaleza.

En el transcurso de la diligencia en casa de Tito Lupa, la ira se apoderó de sus familiares, los cuales buscaron al Dr. Ciro para increparle su falta de gratitud al manchar la honra públicamente de un inocente.

Cuatro días después el resultado del análisis en la ropa encontrada, demostró que la sangre era de animal.

Tito Lupa es inocente, aunque su carácter ahora no es el mismo, y aún sigue sufriendo pesadillas.