El santo y el héroe

El destino de dos jóvenes peruanos fallecidos recientemente nos permite reflexionar sobre la forma como la sociedad peruana construye sus íconos.

Por Nelson Manrique Gálvez

Publicado en La República el 15 de Mayo del 2012

El azar o el destino han construido un notable paralelo entre la vida de estos dos jóvenes, el primero estudiante universitario, el segundo suboficial de la Guardia Civil, ambos fallecidos trágicamente, con apenas una veintena de años vividos.

Ciro Castillo falleció, como es sabido, desbarrancado en el Valle del Colca, cuando realizaba una excursión junto con su enamorada. César Vilca murió a causa de las heridas sufridas en un enfrentamiento con una columna narcoterrorista en la selva del Cusco, luego de descender junto con otros dos compañeros de un helicóptero y de ser abandonado a su suerte por sus superiores. Hasta aquí aparentemente sus destinos son divergentes.

¿Qué ha enlazado estas dos existencias, luego de su muerte?Es la denodada lucha de sus padres por recuperar sus restos mortales. El país ha sido testigo conmovido, primero, de la epopeya de don Ciro Castillo Rojo Salas, buscando a su hijo durante meses, cuando todos habían abandonado toda esperanza, y después de la indesmayable búsqueda de don Dionisio Vilca, hasta encontrar los restos de su hijo, realizando el rescate que le correspondía hacer a la Guardia Civil, solo, sin el apoyo de la institución por la que su hijo dio la vida. Es el conmovedor ejemplo de amor de sus padres lo que ha hecho singulares los destinos de Ciro Castillo y César Vilca.

Ciro Castillo ha sido convertido en objeto de veneración religiosa por amplios sectores de la sociedad arequipeña, como esas señoras que lo proclaman “su” santo y anuncian que en adelante van a rezarle. La razón no parece estar en un rasgo singular del escogido. Hasta donde se sabe Ciro era un buen muchacho, buen amigo y buen hijo, pero eso no lo hace excepcional. Que mantuviera una relación con su enamorada sin matrimonio de por medio, o que tuviera algo de marihuana en los bolsillos no lo convierte en un ejemplo de santidad para quienes viven su religiosidad ciñéndose a la ortodoxia religiosa. Pero,contra lo que suele creerse, para convertirse en objeto de veneración no es necesario tener una existencia ejemplar: Víctor Apaza, fusilado en Arequipa a inicios de los 70 por asesinar a su esposa, es objeto de culto en el cementerio de La Apacheta, y son multitud quienes le rezan, se encomiendan a él y le piden mercedes.

La razón de la santificación de Ciro parece residir pues en otra parte, en el martirio que presuntamente habría sufrido. No es, por eso, accidental que los mismos que lo han convertido en objeto de veneración hayan construido al verdugo (o, más precisamente, la verdugo) que le infligió el martirio y a la que acusan de su muerte: su enamorada, que hasta ahora sigue siendo agredida por la población cuando se ve obligada a viajar a la Ciudad Blanca.

En el caso de César Vilca nadie puede dudar de su heroicidad, pero su trágica muerte es muy similar a la de los otros nueve combatientes del orden que han caído enfrentando a las columnas narcoterroristas durante este mes trágico. Sin embargo, y a pesar de las demandas de los deudos de los demás combatientes fallecidos, solo a él se le reconoce la condición de héroe; la Municipalidad de Lima le va a poner su nombre a una calle y va a erigirle un monumento, y hoy se discute la posibilidad de declararlo oficialmente héroe de la Nación. No sucede lo mismo, por ejemplo, con Luis Astuquillca, quien combatió victoriosamente contra Sendero durante dos días defendiendo su camarada herido, lo curó, acompañó y cuidó hasta que, herido él mismo, debió abandonarlo para buscar ayuda, sobreviviendo solo en la selva por 17 días, para retornar luego a la vida, gracias a la ayuda de dos heroicas nativas machiguenga. Quizá lo que impida que reciba el reconocimiento que merece es que solo reconocemos como héroes a los muertos.

Es bueno que en la imagen de César Vilca se reconozca a quienes han caído luchando por el Perú. Pero no debiera olvidarse a los otros. Yes necesario recordarle al Estado la obligación que tiene para con sus deudos. Es un escándalo que los soldados tengan que comprar ellos mismos su uniforme como acaban de contarlo las viudas en un programa de TV.

2 comentarios en “El santo y el héroe

  1. Este prestigioso Sr. Nelson Manrique, conocido analista politico, si que metiò las cuatro. Còmo va a mencionar eso de “el rescate que le correspondia hacer a la Guardia Civil”. Que se sepa la Guardia Civil YA NO EXISTE desde los años ochenta, cuando a Alan Garcia se le ocurriò “unificar” la policia y creò la hoy llamada PNP. Y ya resulta exagerado eso de “santificar” a Ciro. Creo que la gente se “olvidarà” un poco, cuando por fin se haga justicia y se aclare su misteriosa muerte. Mientras tanto, tenerlo en el “candelero popular” simplemente es una forma de recordarle a las autoridades que todavia les falta hacer su trabajo al respecto. La Dra Lozada tiene la palabra.

  2. Hay que recordarle asimismo al Sr. Manrique, que para anàlisis politico parece ser muy bueno, pero sobre las otras noticias, a veces da la impresiòn de estar màs perdido que peruano en mundial de fùtbol, que NO ESTÀ COMPROBADO que Ciro Castillo Cadàver haya tenido marihuana en sus bolsillos. Y que no estamos en el Siglo XVI como para que alguna persona, supuestamente “ducha” en la vida y en la politica, se extrañe de que una pareja joven, “cohabite” sin matrimonio de por medio. Eso dejèmoslo para las abuelitas y las Sras cucufatas que todavia piensan que la Santa Inquisiciòn es viable en estos tiempos. Y cuàndo entenderàn estos analistas que, no hace falta ser ningùn hèroe ni ningùn ser humano excepcional ni tampoco haber realizado hazaña alguna, para que si se trata de una muerte misteriosa aùn no esclarecida, la familia del muerto, la prensa y la opiniòn pùblica en general, se unan en una sola exigencia: Saber còmo muriò el muerto. Para que los presuntos autores, si los hubiera sean convenientemente sancionados y asì dejar un poco de lado la cultura de la impunidad. Repito, pòrque ya lo dije antes, que el Dr. Castillo hubiera sido un perfecto imbècil si, teniendo los medios a la mano para hacerlo, desistia de la bùsqueda, primero del cadàver de su hijo y luego de la verdad de los hechos, consolàndose en el estùpido razonamiento de que “hay otros miles de desaparecidos en el Perù”.

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