La tentación del linchamiento

Por Humberto Abanto Verástegui – Publicado en el diario Del País el 8 de Mayo del 2012

Ignoro si Rosario Ponce es culpable o inocente de la muerte de Ciro Castillo. Lo ignoro al igual que todos los demás, excepto la fiscal, la investigada y su abogado defensor, y los padres del muchacho infaustamente muerto en el Colca. Ellos son los únicos que conocen a fondo lo que hay en la carpeta fiscal. Sin embargo y a juzgar por la lapidación de que casi fue víctima al salir de rendir su declaración ante el Ministerio Público, al menos cincuenta personas en Arequipa ya condenaron a Rosario Ponce por haber dado muerte a Ciro Castillo. Grave. Muy grave.

Si bien, conforme a las reglas de la investigación forense, no llama la atención que se la considere sospechosa, puesto que fue la última persona que vio con vida a la víctima, no es menos cierto que una cosa es ser sospechoso y otra muy distinta ser culpable. Para lo primero basta, para el común de las gentes, con una simple corazonada. Lo otro, en cambio, exige el convencimiento razonable de los jueces luego de asistir al debate abierto sobre los medios de prueba acopiados dentro de una investigación imparcial.

Eso no le importa en lo más mínimo, claro está, a un padre cegado por el rencor. Tampoco a la prensa ávida de escándalos que eleven el tiraje y la venta, a la par que reduzcan la devolución. Mucho menos a los lectores ignaros, a quienes se les revuelve cotidianamente bilis, tripas y vísceras, poniéndolos en contra de alguien a quien ni siquiera conocen e irresponsablemente se atreven a considerar autora de la muerte de otro ser humano.

Ya va siendo hora de que los periodistas, antes que los legisladores o los tribunales, piensen en la necesidad de detener estas monstruosidades con que azotan a las víctimas de sus furias interesadas. No puede ser posible que ignoren el tremendo poder de su maquinaria informativa, capaz de deformar los hechos hasta el extremo y de amplificar sus versiones por la vía de la repetición incesante. Al contrario, saben muy bien que lo hacen y no dudan en hacerlo para satisfacer la insaciable sed de sensacionalismo y sangre que padece su primitiva lectoría.

Rosario Ponce podría ser inocente o culpable. Ambas respuestas son igualmente posibles en este momento. Pero la Constitución Política obliga a pensar lo primero y a tratarla como si lo fuera. Un mandato que llega al extremo de poner sobre los hombros de sus acusadores la carga de probar su culpabilidad y la libera de acreditar su inocencia. Todo esto, por supuesto, no cuenta para nada. Lo importante es promover y lograr un precipitado juicio popular por medio de cegar de furia a la muchedumbre y lo están logrando. Aunque sería bueno recordar que fue una muchedumbre la que clamaba ante Pilatos por la crucifixión de Jesús y la liberación de Barrabás.

Resulta repugnante y reprobable que, en medio de un proceso, se cree un clima social que no admita más respuesta judicial que la condena del procesado. Eso está ocurriendo con Rosario Ponce, pero no sólo con Rosario Ponce. Vale protestar por ello. No por simpatía ni por adhesión a ella o a otros procesados, sino por amor al sistema de libertades que consagra nuestra Constitución. Si las personas habrán de ser procesadas en medio de la atmósfera carnavalesca que rodea la investigación a Rosario Ponce, se liquidará toda posibilidad de lograr juicios justos. Los bárbaros que la apedrearon en Arequipa no la apedrearon sólo a ella, también apedrearon a la civilización.

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