Andinistas argentinos perdidos en Ojos del Salado

Susana Miatello, la andinista que se extravió en el Ojos del Salado: “La montaña quiso arrancarme la vida”

Publicado el 22 de Diciembre del 2003 – Sacado de la revista Mujer de La Tercera

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Perdida por ocho días junto a un compañero de expedición tras hacer cumbre en el nevado Ojos del Salado, la montañista argentina vivió todo tipo de situaciones límite, incluso la de decidir quitarse la vida. Recién de vuelta a casa de un viaje que ella creyó sin retorno, en el que sólo contó para subsistir con tres granos de maní y dos barras diminutas de cereales, Susana reconstruye el calvario de esa travesía maldita.

Los pies de Susana Miatello (45) están malheridos. Sus profundas llagas enseñan la severidad de la montaña que quiso atraparla para siempre. El hielo de las noches inmensas e inciertas vividas a más de cinco mil metros de altura quemó su piel, dejándola rígida y negruzca, convirtiendo sus dedos en una sola masa. Le duele mucho, pero no se le oye ni una sola queja, tal vez agradecida en su interior por salvarse de uno de los más temidos azares de la ruda ley del montañismo, y porque eso le ha permitido lo que ella más deseó cuando estaba desolada: volver a abrazar a sus hijos Gonzalo (13 años) y Catalina (16).

Mirar sus extremidades enseña hasta dónde puede llegar el rigor de esos macizos y hace pensar en el consiguiente sermón: con la montaña no se juega.

Pero ella le ganó la batalla y hoy, después de haber estado extraviada junto a uno de sus compañeros de aventura, Rodolfo Cointe (51), sobreviviendo en condiciones muy extremas, sin agua, comida, abrigo ni refugio alguno durante los ocho eternos y tortuosos días -del 22 al 30 de noviembre- puede relatar cómo sobrevivió mientras estuvo atrapada en los cerros del imponente Ojos del Salado. “La montaña me quiso arrancar la vida. En un momento comencé a sentir que quería tragarme y yo no tenía más fuerzas para impedírselo”.

El calvario comenzó el sábado 22 de noviembre cuando Susana y Rodolfo lograron hacer cumbre en el nevado de 6.893 metros de altura, luego de haber iniciado el ascenso el 14 de noviembre por el lado chileno del volcán -ubicado en la Tercera Región, a la altura de la ciudad de Copiapó, en pleno Desierto de Atacama. Junto a ellos iba un tercer miembro en la travesía- el alemán Hans Siebenhaar (53).

A las cuatro de la madrugada del 22 de noviembre, desde el último campamento, los tres expedicionarios se aprestan a conquistar la cima, prevista para el mediodía. Pero están cansados y tardan muchísimo más de lo previsto. Sólo a las 16.00 horas alcanzan el cráter del macizo. “Como el Ojos del Salado es un volcán activo, un fuerte olor a azufre lo inunda todo. La imagen es impresionante: el cráter es como un plato hondo, lleno de penitentes (sucesión de filudos montículos de hielo). Nos falta todavía el último impulso. Hay que subir aún una estrecha garganta para llegar a la verdadera cúspide”, explica Susana.

El camino es muy angosto. Hans sube primero y toca la cumbre. Al regresar, se dirige a Susana y le advierte: “Tengo miedo por ti, temo que te pase algo, se avecina una tormenta”. Pero ella está tan abstraída en su objetivo principal, que inmediatamente se lanza a trepar la garganta del cerro. Rodolfo la sigue. A las 5 de la tarde ambos finalmente llegan al vértice más alto. El descenso apremia: la tormenta está casi encima de ellos.

Al regresar, comienza el suplicio: “Empieza a levantarse el temporal de nieve y viento. No encontramos a Hans. Vamos persiguiendo las huellas que habíamos dejado al subir, pero el viento blanco nos va sacando de la ruta y borrando las pistas. Nos empuja y va llevando hacia el lado argentino. No se ve nada, incluso por momentos ni nosotros mismos nos distinguimos”, relata la andinista.

Lo que sigue es una verdadera pesadilla. La decisión es continuar descendiendo lo más rápido posible, y sin parar, para no congelarse. “Yo no pensaba en el miedo ni en el frío, ni en nada que no fuera llegar al refugio que habíamos levantado más abajo. Rodolfo se demoraba muchísimo, venía muy lento y al esperarlo mi cuerpo temblaba, pero mentalmente me decía no tengo frío”.

A las 8 de la noche las pilas de las linternas se agotaron. Susana avistó una luz a lo lejos y comentó: “Rodolfo, mira, ahí está el campamento. Es Hans que nos está alumbrando, tenemos que bajar hasta esa luz”. Pero Rodolfo estaba en malas condiciones y comenzó a alucinar. “No, no es el campamento, es la luz de la carretera, el campamento está hacia el otro lado”, le respondió. Susana se asustó: “Cómo vas a ver luces de carretera Rodolfo, si estamos lejos de la civilización y aquí no hay caminos”. Pero él insistía en que debían caminar hacia el extremo contrario. Fue así como en vez de bajar hacia el refugio donde Hans los esperaba, comenzaron a faldear el cerro, alejándose paulatinamente hacia Argentina. Estaban perdidos. Dos días más tarde Hans daría el alerta del extravío en Chile.

La noches se hicieron amenazantes. Sin abrigo y a 25 grados bajo cero, dormirse podía significar no despertar jamás. “No dormíamos porque estábamos a mucha altura, hacía demasiado frío, corríamos el riesgo de congelarnos. Dormitábamos vigilándonos, quince minutos cada uno, con los cuerpos pegados para darnos algo de calor y evitar la muerte”.

En el lugar no había nada. Ni siquiera rocas suficientemente altas para cobijarse del viento. Sobrevivir fue una hazaña. Tuvieron que fabricarse los refugios, buscando piedras y haciendo pircas. Como el terreno es muy arenoso, con las manos cavaban hoyos para proteger sus cuerpos bajo el nivel del suelo. Así, el viento no arrasaba con ellos y podían mantener el calor corporal. A las tres de la madrugada iniciaban a diario un peregrinaje con la esperanza de encontrar algún arriero.

“Dormíamos de día, porque en la montaña el sol es muy fuerte y hay mucha amplitud térmica: en la noche hay más de 20 grados bajo cero y en el día la temperatura alcanza a los 27 grados. De día nos tirábamos en la arena y el calor nos cobijaba”.

El resto del tiempo ideaban estrategias para ser avistados (juntando piedras, marcaron en la arena dos flechas gigantes, de unos doce metros de largo, con la punta en dirección hacia donde se estaban dirigiendo) y alimentarse. “Es una zona desértica, de puna, entonces no encontrábamos ni siquiera raíces ni bichos para comer. Sólo había unas mosquitas que intentábamos cazar, como una forma de obtener proteínas, pero teníamos tan poca fuerza que no pudimos alcanzar ninguna”. Tres granos de maní y dos barras minúsculas de cereales que hallaron en sus bolsillos fue todo lo que lograron consumir durante esos ocho macabros días.

La única posibilidad de sobrevivencia estaba entonces en no dejar nunca de beber agua, que conseguían del deshielo de los penitentes, que con la acción del sol en las tardes goteaban.

La casa de Susana, en la ciudad de Mendoza, está llena de retratos de sus expediciones. Faltan, eso sí, las fotos de su último y azaroso ascenso, del que también capturó imágenes que aún no ha podido revelar. Hay tanta fotografía que la muestra en altos macizos que cualquiera diría que está toda una vida ligada al montañismo. Pero no. Sólo lleva tres años en ello. Substanciosos, eso sí. Porque Susana es una mujer de determinaciones, con una valentía y pasión que no deja de sorprender. Por ejemplo, junto con tomar la decisión de hacer andinismo, a fines de 1999, decidió inmediatamente subir a la cima más alta de América, logrando con éxito ascender a los 6.959 metros del Aconcagua. Nadie pensaría que esta mujer vendedora de implementos de seguridad industrial y de publicidad de un canal de cable, separada desde hace 10 años, tiene tamaña osadía.

Dice que su amor a la montaña nació de un momento de mucha depresión, en que tenía la autoestima muy baja y necesitaba probarse a sí misma “haciendo algo grosso”.

Su hijo Gonzalo toma algunos retratos y nos enseña: “Este es de cuando subió al General Belgrano y este otro es en el campamento de ascenso en La Rioja”. El muchacho conoce detalles de todas las expediciones de la madre, cuyo arrojo para la aventura a veces, confiesa, teme. “Y, sí. Me da miedo que vaya a la montaña, pero qué le voy a hacer. Ella es la que decide”.

Rara vez Gonzalo suele transmitir a su madre sus aprensiones. Pero esta última vez sí lo hizo. Y ella se quedó con esa imagen en la retina: la de su hijo conmovido, diciéndole: “mamá, para qué hacés esto, para qué tenés que ir, por qué no buscás otro deporte que te guste”. Susana confiesa que por eso partió a contrapelo.

En la soledad enorme, Rodolfo tenía muchos delirios. Aseguraba que a 16 kilómetros había una casa subterránea en la que podían encontrar refugio. Imaginaba un camión y dos conductores que los llamaban para llevarlos. “Yo ahí tuve miedo, porque no sabía tratar a una persona con alucinaciones. En un momento creí que me podía matar si no le seguía la corriente. No quería contradecirlo, entonces le decía, bueno, caminemos a ver si encontramos la casa o el camión. Y después trataba de hacerle ver la realidad: mirá acá no hay ningún vehículo ni casa. Poné todas las ondas para que tu cabeza esté bien, porque sino no nos vamos a salvar”. Susana reflexiona: “Yo al principio tuve mucha bronca con Rodolfo, pese a que establecimos un lazo muy importante, viviendo situaciones muy extremas, porque por esperarlo a él en el descenso, que se cansaba mucho y no estaba en condiciones de hacer ese viaje, puse mi vida en sus manos. Tuve que luchar para revertir ese sentimiento”.

Continúa: “Estábamos desolados. Ibamos contando los días, anotábamos en una libreta todo lo que hacíamos. Pero no había señales de que nos estuvieran buscando”.

Con esa desazón, Susana comenzó a programar su muerte. Lo hizo cuando vio que sus fuerzas flaqueaban, que el cuerpo se le deformaba, estaba tremendamente hinchada, había dejado de sentir los pies, y no se atrevía ni a mirarlos, por el temor a ver los estragos que en ellos había hecho el congelamiento.

Gonzalo y Carolina escuchan su relato, escudriñando cada detalle. Pero ella está contenida y calcula cada palabra, temiendo al dramatismo de su propia historia. Hasta que repentinamente, al recordar los momentos previos al mágico rescate, se quiebra.

“Ya estaba en un proceso de despedirme de mi familia. Pensando cómo iban a quedar, cómo se iban a jugar sin mí las piezas del domino. Ese domingo (día del salvamento) había decidido morirme. Le pregunté a Rodolfo si tenía alguna pastilla o una cortapluma para terminar con mi vida. El me dijo que no, y pensé en cómo morirme dignamente. Es que ya no podía contenerme. Tenía los pies muy inflamados. Me dolían muchísimo, ya no iba a poder caminar más y cómo iba a poder salir de ahí si no podía moverme. Rodolfo me daba mucha fuerza. Me repetía: Susana, vos tenés hijos, vos tenés que seguir luchando, aún en los peores momentos puede haber una oportunidad. Pero yo le respondía: acá ya no quedan oportunidades”.

En eso estaban, cuando se escuchó un ruido. Rodolfo gritó: “Mirá Susana, es un helicóptero”. Ella creyó que él nuevamente alucinaba. Pero esta vez tuvo razón. Ahora sí venían de verdad a su rescate. Con el corazón agitado oyó que Rodolfo le exclamaba desde el alma: “¿Viste?, yo te dije que en las situaciones límites siempre hay una esperanza”.

De su cuerpo surgió una energía inesperada. Miró hacia el cielo y también la vio. Con las manos se puso a dibujar sobre el suelo un SOS gigante. La nave, sin embargo, desapareció. Pero unas horas más tarde volvió a sobrevolarlos. Esta vez sí que había llegado el momento del rescate. Susana corrió y se derrumbó sobre el SOS delineado horas antes, desparramándose literalmente sobre la letra O. El regreso a la vida era inminente.

“Vi al piloto y lloré a mares. Pensaba en que había elegido ese mismo día para morirme y en que si no llegan a tiempo, tal vez me hubieran encontrado sin vida”.

Emocionada, la andinista cuenta cómo se confabularon sus hijos para encontrarla. “La mamá está viva, tenemos que ir a buscarla”, le había dicho Gonzalo a su padre, acompañándolo y sumándose a los operativos de búsqueda que pusieron a los ejércitos de Chile y Argentina. Paralelamente, en Mendoza, Catalina había hecho lo suyo contactando a una vidente muy prestigiada, para que le diera coordenadas de su madre extraviada. La joven dice: “Había que creer en algo que nos diera esperanza”. Susana replica: “Ellos tenían fe. Recibía su fuerza. No soy creyente, por eso invocaba a mis hijos para que su energía no me abandonara”.

¿Con esta experiencia, piensas dejar el montañismo?

Mirando a sus hijos titubea. Pero rápidamente vuelve a la intrepidez que la caracteriza: “Cometí errores. Debí haber llevado conmigo un GPS o una radio, y habría sorteado muchos obstáculos. No le tengo miedo a la montaña. ¿Por qué se me ha presentado esta prueba en el camino? Esto me ha dejado con un montón de interrogantes encima, con una espina que me tengo que sacar de encima. Primero tengo que curarme de los pies, pero yo creería que sí, que voy a partir de nuevo. Es que la montaña es como una droga.

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