Delirios – Castillo de naipes

Comentario de Victorio Neves de Baers – Luego de 6 meses de sólo haber publicado la cabecera, publico la nota entera.

Es hora de que el padre de Ciro deje de echar sospechas paranoicas con ventilador.

Doctor Ciro Castillo Rojo Salas (62). Vuelve a las andadas derramando insinuaciones difamatorias y construyendo telarañas conspirativas hasta ahora sin ningún sustento.

Delirando, fabricando conspiraciones cada vez menos creíbles, alentado por la prensa chicha, el padre del infortunado estudiante Ciro Castillo Rojo sigue empeñado en escribir una novela plagada de agravios para quienes no se suman a sus teorías incriminatorias. Es hora de que alguien le diga ¡basta!.

La prensa chicha y la que, siéndolo, se pone el disfraz de “seria” lo utiliza y lo alienta. ¿Hasta cuándo?.

Por María del Carmen Yrigoyen- Publicado en “Hildebrandt en sus trece” el 24 de Agosto del 2012

Han pasado diez meses desde que encontraran el cadáver del estudiante Ciro Castillo Rojo García en el Colca. Hasta el momento la Segunda Fiscalía Provincial Penal Corporativa de Arequipa, que investiga el caso, no ha encontrado ninguna prueba de un presunto homicidio. El informe forense final, emitido en marzo de este año, indicaba que el muchacho había sufrido un accidente.

La ausencia de lesiones en otras regiones del cuerpo, como tórax y piernas, descartan la hipótesis de precipitación o caída libre. Por lo tanto asume protagonismo un fenómeno de derrapamiento (desbarrancamiento) abrupto alrededor de solo cuatro metros de altura”, decía el informe.

figuraPero el papá de Ciro, el doctor Ciro Castillo Rojo Salas (62), no puede aceptarlo, menos aun permitir que se archive el caso. Tiene que haber un crimen, un asesino y un plan conspirador para encubrirlo. Y, para encontrarlo, no escatima en acusar a cuantas personas participaron en la búsqueda y rescate del cadáver de su hijo. Por ejemplo, el coronel en retiro PNP Luis Gárate Otero (63), fundador de la Unidad de Policía de Alta Montaña. De él dice que pertenece a una red de inteligencia convocada para encubrir a Rosario Ponce, su sospechosa favorita, porque anteriormente estuvo involucrado en el caso de una presunta desaparición forzosa -por el cual fue declarado inocente-. “Todas la teorías criminales tienen que barajarse. Yo no creo en las casualidades. Yo creo en las causalidades”, dice el doctorcito que ya parece arrancado de un cómic bizarro.

“El coronel Gárate, que funda la Unidad de Salvamento de Alta Montaña, rescata a Rosario, sabe que Ciro probablemente esté agónico y se regresa. Eran dos personas, ¿o es que el señor Gárate ya sabía que Ciro estaba muerto? ¿Porqué no lo sigue buscando?”, se pregunta cargado de falsos enigmas. ¿Y qué quería que hiciera con Rosario? ¿Que la dejara donde la encontró para empezar una búsqueda que tardaría, al final, meses en resultados?

El coronel Gárate Otero, no puede creerlo. Se retiró de la Policía en el 2008. El año pasado lo llamaron para que dé una opinión sobre la estrategia de búsqueda. “Recibí una llamada del general PNP Darío Hurtado para que lo acompañe y diera mi opinión. Yo, viejito, jubilado, fuera de operatividad, me fui feliz. No soy un improvisado. He participado en varios rescates, a veces de personas vivas, a veces de cadáveres. Por eso me llamaron”, dice. Enciende su computadora y muestra todas las fotos que tiene de cuando fundó las unidades de Salvamento de Alta Montaña en Huaraz, Arequipa y Cusco, y de algunos cursos que siguió siendo oficial. Gárate pertenecía a la especialidad de Policía de Turismo. “Yo no fui con mi mochila para escalar. Fui a asesorar. He ido sin pago, comprometido con la institución. Pero yo no tenía ninguna obligación, no soy funcionario público. Me pareció suficiente lo que hice”, agrega.

Para Ciro Castillo Rojo Salas, sin embargo, no lo fue. “¿Yo veo una persona que se está muriendo y no la rescato? Él es el fundador de la Unidad de Salvamento. ¿Su opinión estratégica acaso no era buscar a Ciro? Estábamos en un desconcierto total, yendo de arriba a abajo”, continúa. ¿Y cómo podría saber Gárate, que fue de buena fe, que “Ciro agonizaba”? El doctor Castillo cree que el dolor le da patente de corso para enlodar a quien quiera.

Según el coronel, al llegar a la zona vio que todos estaban bien organizados. “Lo único fue que vi a tres policías que no habían ido con los lentes adecuados y que, por el reflejo del sol, tenían quemaduras en el rostro y en los ojos. Le dije al general que habría que dejarlos descansar, oxigenarse, y traer a la Unidad de Alta Montaña del Cusco. ¿Por qué nadie habla de esos policías que pusieron un empeño más allá del cumplimiento normal del deber?”, añade. Para el señor Castillo Rojo, sin embargo, policías y representantes del Ministerio Público han sido incompetentes y por eso, hasta ahora, no se termina la investigación.

Mucha gente se unió a la búsqueda de Ciro. Además de las unidades de Alta Montaña, llegaron miembros de Bomberos Unidos Sin Frontera, guías y rescatistas locales, cincuenta soldados del Ejército, catorce sinchis de Mazamari y los famosos topos de México, que vinieron al Perú en junio. Aun así el cadáver de Ciro no se encontró hasta octubre. Según Ciro Castillo Rojo, la información fue muy manoseada para favorecer a la exenamorada de su hijo, Rosario Ponce. Ella, en cambio, en entrevista con este semanario, en la edición 80, contó que eran los rescatistas contratados por el señor Castillo quienes movían la evidencia. “Los propios rescatistas han dejado constancia de que entregaban todo lo que encontraban al doctor Ciro a cambio de dinero”, dijo.

El coronel Gárate tiene cuatro hijos. El menor tiene 9 años. “Yo me siento incómodo cuando voy a las actividades de su colegio”, dice. Algunos padres de familia le comentan que lo han visto, al pasar por algún quiosco, en la portada de algún diario chicha en el que lo sindican como sospechoso o recuerdan que le siguieron un juicio por desapariciones forzadas, del cual salió libre de polvo y paja. “Yo no participé en las labores de búsqueda. Me quedé en Madrigal. Ahí conocí al señor Ciro, me presenté y conversamos. Conocí también a la familia de Rosario. Dio la casualidad de que ese día encontraron a la bendita chica. Todos estaban felices y pensamos que en unas horas más aparecería su pareja”, dice bastante fastidiado. Al día siguiente Gárate se regresó a Lima en un Antonov. En ese avión venían también el general Darío Hurtado, de la Región Arequipa, Rosario Ponce, en una camilla, y algunos periodistas.

“Un día, leyendo el periódico, me enteré de que había sido citado por la fiscalía como testigo. Cuando fui me pidieron muestras de cabello para hacer unas pruebas. ¡Había pasado a ser sospechoso!”, dice indignado.

Ciro Castillo acepta que no tiene pruebas directas contra Rosario Ponce ni contra ninguno de los policías. Pero insiste en que hay que ver “todo en su conjunto”. “no es nada raro que, cuando rescatan a Rosario, ella pregunte quién ganó las elecciones. No sé qué hubiera pasado si ganaba el contrincante de Ollanta”, dice derrapando abiertamente. Son altos funcionarios los que, asegura, están metidos en esta “conspiración” en contra de su hijo a quien no hubiéramos conocido si no fuera por este lamentable suceso.

“Yo sé que puedo tener una opinión sesgada, ¿pero el periodismo y toda la gente que me apoya? Todas esas cosas que parecen una urdimbre medio fantasiosa no son cosas inventadas, se han ido descubriendo por los periodistas”, dice. ¿Se entusiasma fabricando conspiraciones? ¿No puede admitir que el destino asume a veces el modesto aspecto de un tropezón, una caída y una muerte casual?

Don Ciro piensa que “los periódicos” se han solidarizado con él y han hecho suyo su dolor. Lo cierto es que algunos diarios, más bien, han visto en esta historia a la gallinita de los huevos de oro. “Ojo” es uno de los que sigue vendiendo portadas con esta tragedia y “Trome” rellena sus páginas interiores. Este mes, por ejemplo, “Ojo” ha lanzado al señor Castillo para las elecciones del 2016. Su nota se basa en las vivas de algunos arequipeños entusiastas que ven en el padre del fallecido estudiante un posible presidente o congresista. El cadáver de un hijo y la obstinada leyenda en torno a su muerte bien pueden ser la catapulta a una de las desmedradas curules del Congreso.

Ninguna prueba que indique que su hijo sufrió un accidente será aceptada por el señor Castillo. Aun cuando el mismo socorrista Eloy Cacya Cárdenas, que divisó el cuerpo del estudiante, contara que el terreno de la zona era peligroso hasta para los más entrenados. “Las rocas se deslizaban y había la posibilidad de que se rompan las cuerdas”, dijo Cacya esa vez. Aunque el informe forense haya explicado cada una de las lesiones producto del resbalo. “No pueden apoyarse en lo que dice un biólogo forense. ¡No! Se debe tener una visión de conjunto”, vuelve a decir el terco padre.

“Como opciones también está que se lo pudieron haber llevado los extraterrestres. Pero no podemos caer astronautaen ese facilismo de decir que se resbaló y punto. Bueno, pudo haber sido hasta un accidente. Pero, ¿por qué no lo dicen?”, dice con cierto tono acre. Se refiere a Rosario. Quiere que ella “confiese” que vio cuando su enamorado caía y que prefirió guardar silencio. No acepta la posibilidad de que ellos realmente se hayan separado en algún momento y que fuera entonces cuando su hijo sufriera el accidente.

Este semanario entrevistó al señor Castillo Rojo antes de que hallaran el cuerpo de su hijo. En esa oportunidad él dijo: “Ciro es lo que yo hubiera querido ser en la vida y en él veía reflejado mi anhelo. Imagínese como me siento ahora que me han quitado lo que quería ser”. Es un giro trágico, perverso del azar. El señor Castillo no solo ha perdido un hijo. Ha perdido la oportunidad de ser mejor a través del hijo que una tarde y un desfiladero vertical le arrebataron. Pero es hora de que asuma ese duelo con un poco de cordura.

Anuncios

Corrupción, ética y política

Por Martín Tanaka – Publicado en La República el 17 de Febrero de 2013

La semana pasada llamaba la atención sobre la necesidad de una profunda reforma judicial, no solo por la obvia necesidad de acceso a la justicia sino también por los efectos que sus decisiones tienen sobre el sistema político. No hay confianza en el sistema judicial y hay actores políticos importantes que parte de la ciudadanía identifica como corruptos. Si los sistemas anticorrupción funcionaran bien, algunos de los imputados deberían pagar condenas, y los inocentes deberían ser librados de sospechas; como no funcionan, terminamos teniendo culpables impunes e inocentes falsamente implicados en la comisión de delitos. La percepción de injusticia hace que se cuestione permanentemente la institucionalidad judicial, que la política tienda a asumir la forma de controversias morales, y que su dinámica tienda a “judicializarse”, a recurrirse reiteradamente a los tribunales para intentar saldar lo que se considera como cuentas pendientes. Esto aumenta la presión política sobre los jueces, con lo que, como en una profecía autocumplida, la judicatura tiende en efecto a politizarse. Como es de esperarse, cuando la moralidad está en juego, el intercambio, la negociación y la búsqueda de acuerdos políticos se dificulta, porque se asume que están en juego valores absolutos. Así es muy difícil construir una comunidad política democrática.

En todos los países de la región, el debilitamiento de los partidos como canales de representación hace que la política tienda a judicializarse; los actores intentan conseguir mediante acciones legales la solución a demandas que no se consiguen mediante la movilización política. La complejidad y la autonomía de lo jurídico hacen en ocasiones que actores débiles obtengan grandes victorias políticas. El problema es, nuevamente, que la judicatura se politiza, se debilita a los partidos, se hacen menos previsibles los resultados judiciales, lo que entorpece el intercambio político.

De todo esto no se debe deducir que corresponde refundar el sistema de justicia “desde afuera”; ese es un camino que ha llevado siempre a autoritarismos y a un mayor control político de las decisiones judiciales. Urge por el contrario una gran reforma judicial y el reforzamiento de un sistema anticorrupción lo más autónomo de presiones políticas. Urge un gran acuerdo político y entre los poderes del Estado para limpiar la política de la percepción de corrupción, que amenaza la legitimidad del sistema político. En segundo lugar, urge que los partidos y actores políticos sobre los que hay sospechas de impunidad o problemas por falta de transparencia colaboren con las investigaciones necesarias para despejar toda duda y no refugiarse en artilugios legales. Y tercero, por parte de todos los actores políticos y sociales, no dejarse llevar por el expediente fácil de acusar a alguien de corrupto para intentar ganar disputas políticas, y por parte de los medios de comunicación el no dar cabida a acusaciones sin fundamento.