Las policiales pasan… pero la indignación y el dolor no se pierden

Crónica de un periodista arequipeño sobre su experiencia profesional.

Por Edward Quispe – Publicado en La República el 15 de abril de 2013

La mayoría de mis amigos saben que trabajo como periodista policial. Cuando conversamos, me preguntan cómo me siento y claro, cuál es la “calentita”, la primicia del día. A veces no sé cómo responder. No por ignorancia o apatía, sino porque relatar algunos hechos, una vez más, es revivir una maraña de sentimientos que enervan, deprimen y en otros casos provocan una suerte de odio hacia el causante de tantas desgracias: el ser humano.

Muertos hay todos los días, me dijo un viejo periodista cuando le contaba mis notas. Y es verdad. Pero lo que mucha gente desconoce es la historia que hay detrás de cada persona y que sin querer termina por involucrarme en el caso.

El día del accidente de la empresa Andares, en marzo pasado, un colega de Canal 53 de Arequipa, el gráfico del diario Manolo Berrios y yo, fuimos los primeros en llegar. No había gente que quisiera cargar las camillas con heridos y un policía me pidió que lo ayudara. Guarde mi libreta y junto a otras dos personas cargamos a Jesús Fernández, un chofer de mototaxi que a duras penas decía que vio morir a su esposa en el bus, pero no tuvo la fuerza para salvarla. No supe que decirle. Solo me quede a su lado por unos minutos en la ambulancia hasta que se quedó inconsciente.

Otros hijos y esposas también llegaban a desmayarse al ver a sus difuntos. Yo me acercaba de espaldas para escuchar sus lamentos tratando de averiguar un nombre, una historia, sin importar los insultos y miradas hirientes que me daban pensando que no respetaba el dolor ajeno. Me alejé, suspiré y decidí esperar un poco más.

“Pero te llegas a acostumbrar”, me dijo una amiga el último miércoles por la noche, luego de confesar lo cansado que me sentía al ver tantos muertos por accidentes y homicidios. Sus palabras trajeron a mi memoria el caso de Libia Noa, una mujer que vio a su hijo muerto a manos de su conviviente ebrio.  El sujeto golpeó al infante de tres años con un martillo y terminó por asfixiarlo con sus manos.

Aquella mañana yo sostenía una pequeña cámara para captar su foto, cuando la mujer se sentó rendida en un sillón y comenzó a llamar a su hijo entre sueños y sollozos. “Monito, ven…”, le decía. Mis manos comenzaron a temblar, sentía un extraño dolor en el pecho, no podía tener los ojos abiertos. Salí de la habitación mientras trataba de contener mis lágrimas sin éxito.

El día no volvió a ser lo mismo. No podía sonreír o hablar al imaginar el dolor infinito de aquella mujer, y me sentía peor al saber que nada se podía hacer para cambiar esa realidad. El crimen ocurrió este año, el  día de los enamorados. En menos de una semana otro papá también asesinó a su hijo. La indignación se recrudecía.

Los homicidios ocurrieron en la madrugada. Muchos tuvimos que esperar en la puerta de la comisaría, por más de cinco horas, hasta que saquen al detenido y alguien pueda decirnos lo que pasó.

LA MISMA ESCENA,  HISTORIAS DISTINTAS 

En el 2011 cubrí el caso Ciro Castillo. Fueron más de cinco los viajes al Cañón del Colca. Kilómetros de empinadas subidas y bajadas por quebradas en el cerro Bomboya, que desgastaban el físico y en algunas ocasiones el alma. El muchacho se encontraba aún perdido y su padre, Ciro Castillo Rojo, quien no había perdido la esperanza de encontrarlo con vida, pasó la semana antes del Día del Padre en Chivay.

Sentado en una banca de la plaza principal contó como “Cucho” había llegado al mundo y lo orgulloso que se sentía de él. No derramó una sola lágrima, a pesar de las preguntas que yo y otros colegas le hacíamos. A través de sus ojos sabíamos que sí le dolía, además era un secreto a voces que el médico lloraba a solas en su habitación. No pude evitar verme contagiado por ese dolor, al punto de no querer preguntarle cosa alguna.

NADA HA CAMBIADO 

La primera nota policial que cubrí ocurrió una noche de verano en el 2008, cuando trabajaba para el diario Noticias. Un bus de la empresa Del Carpio invadió el carril contrario y chocó contra una camioneta, cegando la vida de dos personas. Los cuerpos ensangrentados estaban expuestos a la mirada de los curiosos y periodistas. Era la primera vez que veía un ser humano destrozado.

Entre dientes renegaba y maldecía de mi suerte, jurando que sería la última vez que haría una nota de estas. Un joven periodista con más experiencia que la mía (que ahora es un entrañable amigo), me dijo. “¿Y a quién crees que le gusta esta vaina?, a nadie, pero es tu trabajo”. Después de ese breve sermón tomé mi primera foto que fue la portada del periódico. Han pasado cinco años desde ese fatídico día y no, no me acostumbro, porque también somos humanos y nos duele.

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