Los linchamientos y el ser escindido

Por José Manuel Coaguila

Publicado en su columna “Del hecho al dicho” en Correo el 7 de Mayo del 2013

La “justicia popular” está hecha de manifestaciones inconscientes de agresividad. La vida en común, en sociedad, no se concibe como necesaria para el hombre. Las grandes corrientes europeas de pensamiento filosófico relacionadas con la definición de lo que es humano proponen una definición solitaria, no social del hombre. “Si no estuviera sujeto a las poderosas prohibiciones de la sociedad y de la moral -ha escrito Tzvetan Todorov-, el hombre, ser esencialmente solitario, viviría en guerra perpetua con sus semejantes…”.

Así, lo que tendríamos sería un ser escindido; por un lado, gobernado por su naturaleza innata, y por el otro, por el código de las normas éticas, cuyo resultado es la vida en sociedad. Es desde el primer ángulo que se gesta una “masa psicológica” capaz de acciones tan execrables como los linchamientos.

En una multitud humana que ha adquirido el carácter de “masa psicológica”, los individuos que la integran piensan, sienten y obran de un modo completamente distinto a como lo hubieran hecho aisladamente. Existen ciertas ideas y sentimientos que no surgen ni se transforman en actos, sino en individuos convertidos en multitud, pues quienes forman una masa integran un nuevo ser con características muy diferentes a la que cada uno de ellos tienen, manifestando mediante él lo que no hubieran podido exteriorizar individualmente.

Y es que el individuo masificado, por el número de personas que integran su grupo, adquiere un sentimiento de poder ilimitado, cediendo a los impulsos que antes, como individuo aislado, hubiera frenado forzosamente. Además el anonimato de la multitud lo libra del sentimiento de responsabilidad, poderoso freno de los impulsos.

Lo aparentemente nuevo en el comportamiento de los individuos que forman una masa no es más que la exteriorización de lo inconsciente individual, “sistema en el que se halla contenido en germen -según Sigmund Freud- todo lo malo existente en el alma humana”.

El proceder de las muchedumbres está determinado por el actuar de un primer individuo, el mismo que funciona como la pequeña e insignificante mecha que hará detonar el gigantesco explosivo lleno de todo lo que algunas veces quisimos hacer, pero que, por el código de normas éticas, que son las que nos permiten adaptarnos al mundo y a la vida social, obligadamente tuvimos que reprimir.

La influencia de unos sobre otros está basada en un principio de la psicología de masas conocido como “contagio mental”, el que provoca, en el caso de los linchamientos, una reacción en cadena irracional y sujeta a los instintos más perversos del hombre.

“Dentro de una multitud, todo sentimiento y todo acto son contagiosos”, algo así como la risa: escucha reír a otros provoca más carcajadas que las que hubiera provocado por sí mismo el chiste o la gracia. Cuanto mayor sea el número de personas que integran una masa, mayor efecto tendrá un estado afectivo, pues un individuo, al formar parte de la misma excitación de aquellos que han influido inicialmente en él, acrecienta el de los demás y, por inducción recíproca, la carga afectiva masificada se robustece exponencialmente hasta develar, en el caso específico de los linchamientos, el lado más oscuro de la naturaleza humana.

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