Los medios y el caso Ángeles Rawson

Por Damián Pertile. Profesor de la Universidad Empresarial Siglo 21. Autor de los libros “Justicia, periodismo y sociedad” y “El vocero judicial”.

Publicado en rionegro.com.ar el 25 de Junio del 2013

El asesinato de Ángeles Rawson nos vuelve a poner como testigos de cómo el tratamiento mediático termina muchas veces aturdiendo a la sociedad. Este caso nos permite reflexionar en esta dinámica que atraviesa fases que van desde la hiperinformación que satura hasta la desinformación que desconcierta.

Si bien una Justicia lenta no es justicia, el que sea rápida no garantiza lo contrario.

Los hechos de público conocimiento nos brindan un espacio de reflexión sobre cómo se cruzan los intereses de diversos actores que, con sus respectivos fundamentos, presentan sus miradas –estructuradas como verdades– en relación con el caso.

Es así que se puede identificar –en un primer momento– la actuación de los medios de comunicación y la consecuente formación de opinión pública que va forjando una posición determinada. Y luego como el otro protagonista de relevancia, la actuación del Ministerio Público Fiscal, la Policía Científica y la Policía Federal, haciendo la investigación propiamente dicha.

Los conflictos que se generan entre estos dos importantes actores son promovidos por la construcción de distintos tipos de “verdades” que cada uno postula: la verdad jurídica y la verdad mediática.

Por un lado, la verdad jurídica se debe referir al convencimiento, fundado en derecho y con basamento en pruebas concluyentes, dentro del respeto al marco legal vigente. Es decir, se entiende que en el desenlace de un proceso judicial lo que prima es la interpretación razonadamente alcanzada a partir de los procedimientos, las pruebas y contrapruebas legalmente fundamentadas.

Asimismo, entra en juego la verdad mediática. Tal como manifestara muy acertadamente Ignacio Ramonet: “…el sistema mediático está convencido de que se puede imponer una verdad mediática. La verdad mediática dice que cuando todos los medios de información comentan que algo es verdad, eso se impone. Esto significa que cuando la prensa dice que algo es verdad… eso es verdad. Esto se basa en una premisa que dice que repetir es demostrar. Pero repetir no es demostrar”.

Esta verdad posee como característica la rapidez y el dinamismo en su construcción, pretendiendo abarcar todo el espectro social y agotándose hasta lo efímero en un abrir y cerrar de ojos. En este vertiginoso contexto presentado por los medios de comunicación, en innumerables ocasiones, éstos exigen que la verdad jurídica sea pronunciada en sus tiempos o, más aún, desde su lógica de razonamiento y hasta es posible observar que en vez de informar las resoluciones judiciales opinan sobre ellas, generando alternativas al proceso judicial; llegando a contradecirse incluso la verdad mediática y la jurídica.

Pero más allá de estas pretensiones de verdad (la jurídica y la mediática) subyace la verdad real; o sea, la verdad con mayúscula, que es simplemente lo que en la realidad aconteció y que excede a las miradas que hablan sobre ella y procuran contenerla bajo sus argumentos.

Y aquí se abre un nuevo dilema: ¿qué grado de legitimidad tendrá la verdad jurídica si no coincide con la opinión pública? La verdad real debiera coincidir con la verdad jurídica, aunque quizás no necesariamente ocurra ello con la verdad mediática; mas la ciudadanía debe comprender que en la vida democrática y en la armónica convivencia debemos ser respetuosos de la verdad judicial, cuya voz se expresa mediante una sentencia firme.

La verdad jurídica deberá propender con sus mayores esfuerzos a acercarse a una expresión de la verdad real, a cuyos pies deberá caer también la verdad de los medios de comunicación, que tendrán como misión dar luz sobre la realidad; esto es, iluminarla para que sea posible visualizarla tal cual. Pues la legalidad se desvanece sin la legitimidad, que se fundamenta en la sólida creencia y convencimiento social e individual de que la verdad real es la que ha triunfado.

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