Por un buen periodismo

Por Augusto Alvarez Rodrich – Publicado en La República el 1ero. de Octubre del 2013

Siete temas cruciales para la prensa hoy en el Perú.

1. Libertad de expresión. Hoy existe en el Perú un entorno razonable para la libertad de expresión, pero hay un conjunto de amenazas importantes. Para empezar, especialmente fuera de Lima, donde algunos creen que la agresión al periodista –incluyendo el asesinato– es una manera efectiva de parar la investigación sobre una fechoría.

2. El poder y la prensa. Ha desaparecido el temor de algunos de que el presidente Ollanta Humala se comportara frente a los medios como lo hacía Hugo Chávez en Venezuela o como lo hace Rafael Correa en Ecuador. Pero le haría bien cambiar su actitud frecuente de creer que el periodista es su enemigo.

3. Amenazas legislativas. Hay normas que son un peligro para la libertad de expresión, como las que establecen penas de cárcel al periodista que revele información militar, o proyectos como el del negacionismo que debe descartarse por ser una amenaza a la libertad de opinión y porque es un absurdo que no ayudará a combatir al terrorismo que es lo que, aparentemente, persigue.

4. Acceso a la información pública. Es un elemento fundamental de una democracia y crucial para el periodismo, pues permite que las personas puedan acceder a la información que obra en poder de las entidades públicas, fomentando la rendición de cuentas por parte de los funcionarios públicos sobre las decisiones que toman y, con ello, una fiscalización ciudadana de la gestión pública. Su avance en el Perú es precario debido a la poca vocación de las autoridades por la transparencia, empezando por los propios presidentes –de ahora y de antes– que no quieren revelar cabalmente sus declaraciones juradas.

5. Periodismo de investigación. Hay, sin duda, algunas expresiones valiosas, pero estas van decayendo por el recorte de presupuestos en las redacciones para este fin. Una señal: el periodismo peruano no destaca en las premiaciones regionales en este género. Se trata de un factor crucial para que el periodismo ejerza su función de fiscalización.

6. Periodismo de calidad. El periodismo peruano tiene expresiones valiosas, pero también otras que son deplorables. Dos ejemplos recientes de periodismo nauseabundo fueron recordados el domingo por Rosa María Palacios aquí en La República: la cobertura de algunos medios sobre Eva Bracamonte y Rosario Ponce.

7. Concentración de la propiedad. La compra de Epensa por el grupo El Comercio constituye hoy la principal amenaza a la competencia en el sector, a la pluralidad informativa y la libertad de expresión, e implicará un enfrentamiento o aconchabamiento –igualmente malo– con el poder político que, más temprano que tarde, perjudicará significativamente a todo el periodismo peruano.

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Caso cerrado herida abierta

Caso emblemático de mal periodismo: Ciro Castillo.

Por Augusto Álvarez Rodrich – Publicado en La República el 14 de julio de 2013

Cuando la fiscal María del Rosario Lozada le ha pedido al juez que archive la investigación por la muerte de Ciro Castillo Rojo, dos años después de la tragedia, es oportuno que los medios hagan una autocrítica por la cobertura de este caso, especialmente por el daño ocasionado a Rosario Ponce, a la familia del muchacho fallecido y al propio oficio.

Quizá se pudo llegar antes a la misma conclusión de no ser por las versiones disparatadas que algunos medios lanzaron con irresponsabilidad, buscando circulaciones y ratings antes que acercarse a la verdad.

No está en duda la legitimidad de la atención de los medios por esta noticia, pues la prensa responde a la necesidad de información de la gente. A los periodistas no nos gusta aceptar que el periodismo es un negocio a la caza de altas circulaciones y ratings, lo cual no tiene nada de malo si esto se hace con ética.

El periodista tiene muchos compromisos –con el medio en que trabaja, la gobernabilidad o sus lectores o audiencia– pero, antes que todo, está el compromiso con la verdad, lo cual debe ser innegociable.

Ahí radica el problema en la cobertura de este caso. Cuando el periodista cree que la verdad no puede interferir con un ‘buen’ titular o reportaje –evaluados solo por su impacto en el rating–, se tritura el compromiso prioritario con la verdad.

Rosario Ponce podrá tener, como toda persona, actitudes peculiares pero nunca hubo pruebas de que sea una asesina. Sin embargo, un sector de la prensa –empujado por la lectoría y el rating– no tuvo el menor reparo en acusarla, condenarla y hostigarla para construir un reality show irresponsable.

Se llegó al extremo, incluso, de divulgar material estrictamente privado como el de sus declaraciones en la cámara Gesell, lo cual es una grave violación de la intimidad y de la privacidad. Esa no fue una decisión periodística sino comercial, guiada por el dinero y no por la búsqueda de la verdad, que es lo que un periodista responsable debe hacer.

La prensa le hizo un gran daño a Rosario Ponce –y a su familia– al acusarla con argumentos deleznables. Ella seguramente podrá recuperarse y salir adelante, pero el daño a la familia de Ciro Castillo es peor.

Además del hecho de que la muerte de un hijo constituye una pérdida irreparable, algunos medios se dedicaron, en busca de impacto noticioso, a inventar hipótesis disparatadas que eran hechas suyas, en medio de su dolor y angustia, por el propio Ciro Castillo padre, alimentando, sin fundamento, la posibilidad de que Ciro hijo estuviera vivo y, luego, cuando encontraron su cadáver, de que haya sido asesinado.

Y, en el camino, el daño mayor fue para el periodismo, el cual sufrió un severo desprestigio.

Cosas que pasan más allá de Lima

Drama de los desaparecidos debe ser política de Estado.

Por Augusto Alvarez Rodrich – Publicado en La República el 28 de junio de 2013

El drama de las familias de las personas desaparecidas en el Perú desde los años ochenta exige una respuesta urgente de la sociedad y del Estado que hasta hoy no ocurre.

Ese fue el llamado que hace una semana hicieron los presidentes de la Conferencia Episcopal y del Concilio Nacional Evangélico, el monseñor Salvador Piñeiro y el pastor Enrique Alva, para que el gobierno responda al problema de los desaparecidos con una política de Estado.

El problema es grave. En el Perú hay al menos 15.731 desaparecidos durante las dos décadas de violencia. La mayoría de sus familiares vienen de zonas altoandinas, son quechuahablantes marginados y no pueden interactuar con la burocracia.

Estas familias sufren por no saber qué ocurrió con sus parientes, quienes probablemente estén en alguno de los 6.462 sitios de entierro conocidos en el país. Su angustia no terminará hasta que puedan recuperarlos y enterrarlos con dignidad.

Las investigaciones que el Ministerio Público (MP) realiza desde el 2002 han logrado recuperar poco más de dos mil cuerpos e identificar poco menos de mil, pero la magnitud del problema lo ha desbordado.

La solución priorizada es la vía judicial-penal, pero esta es lenta y compleja. Nadie puede reemplazar al MP en las investigaciones forenses, pero el esquema actual de investigación judicial limita la cantidad y la calidad de la información, lo cual impide avanzar como se debería.

La experiencia internacional recomienda crear instituciones excepcionales para coordinar a los múltiples actores involucrados recuperar sistemáticamente la información de familiares y testigos, apoyar técnicamente al MP en la recuperación e identificación de los restos mortales, y asegurar restituciones y entierros dignos, generando un efecto positivo en la salud mental de los familiares.

Una alternativa para que los familiares busquen a sus desaparecidos no implica la renuncia del Estado a su obligación de investigar y perseguir los delitos, pues siempre será posible que los familiares y testigos se animen a testificar al MP y buscar las responsabilidades penales donde las haya.

Esta alternativa solo supondría la priorización de la búsqueda de las personas desaparecidas a la búsqueda de los responsables, un cambio que significaría para los familiares la devolución de la esperanza y del futuro que esta hace posible.

El presidente Ollanta Humala debiera escuchar con interés y atención el pedido hecho por el monseñor Piñeiro y el pastor Alva, con el fin de mitigar la angustia de los familiares de las personas desaparecidas en el Perú.

La cochinada daily news

Prensa y poder, mejor peleados que aconchabados.

Por Augusto Alvarez Rodrich – Publicado en La República el 28 de Noviembre del 2012

Un exceso de franqueza de Ollanta Humala al sumarse con entusiasmo a la crítica de siempre de Rafael Correa contra la prensa, desató iras y furias de distinto calibre en el periodismo local, pero sería bueno recordar que, en la relación entre prensa y poder, mejor andamos peleados que aconchabados.

“Cada vez que me hacen esa pregunta en Europa les digo que allá jamás permitirían publicar la cochinada que publica la prensa aquí (en Ecuador). En el caso peruano no puedo decir lo mismo porque son capaces de publicar eso y más”, dijo el presidente Correa el viernes pasado, en Cuenca, lo cual no sorprendió a nadie pues su animadversión a la prensa ya es tradicional.

Lo que sí sorprendió fue que, a continuación, Humala dijera que “(en el Perú) son iguales”.

El premier Juan Jiménez trató de ‘barajarla’, aunque con poco éxito pues concluyó que “bueno, uno puede tener una opinión, pero es parte de la libertad de expresión”.

Es evidente que, desde hace tiempo, Humala demuestra una animadversión creciente hacia el periodismo, pero no sería el único.

El presidente Correa me contó en una entrevista que, en todas las reuniones de jefes de Estado de la región, cuando están en privado, los presidentes ‘rajan’ sin misericordia de la prensa, solo que –agregó– muy pocos lo dicen, como él, en público.

Ollanta Humala tiene, además, buenas razones para creer que el periodismo difunde cochinadas. Durante la campaña electoral, varios medios le echaron excremento con ventilador para impedir su victoria.

Lo paradójico es que esos mismos medios son hoy sus principales adulones, pero eso, en lugar de limpiar su imagen ante Humala, simplemente constata que, antes que un compromiso con la verdad –el fin del periodismo–, lo que les interesa realmente es la plata, el vil metal.

De otro lado, como consumidor diario de unos quince periódicos peruanos, además de revistas, programas de televisión y radio, puedo dar fe de que, en mi humilde opinión, no todo lo divulgado recibiría el premio Pulitzer. Es más, se puede concluir que la cochinada abunda en todos los sentidos de este término.

Pocos son los mandatarios que, al menos mientras ejercen la función pública, se dan cuenta de que la fiscalización de la prensa los ayuda a gobernar mejor. Y casi ninguno estaría dispuesto a coincidir con Thomas Jefferson en que “es preferible una prensa sin gobierno, que un gobierno sin prensa”.

Mientras la hostilidad del gobernante no llegue a acciones ilegales como las que, lamentablemente, se ven en varios países de la región, en la relación con el poder, los periodistas debiéramos preferir insultos antes que elogios. Mejor de lejitos.

El periodismo que se cayó al abismo

Crítica a la cobertura de la muerte de Ciro Castillo.

Por Augusto Alvarez Rodrich – Publicado en La República el 31 de agosto del 2012

Hoy que se anuncia que la fiscalía que investiga la muerte de Ciro Castillo hijo no halló pruebas sólidas de que fue asesinado en el Cerro Bomboya, debiera ser la oportunidad para que el periodismo le pida perdón a su familia por el daño irreparable que le ocasionó con sus atropellos contra la verdad.

Perú.21 dijo ayer que la fiscal María del Rosario Lozada solo halló indicios que pueden generar dudas pero que no llegan a ser pruebas sólidas del asesinato de Ciro Castillo.

Quizá se pudo llegar a la misma conclusión hace tiempo, de no ser por la gran cantidad de versiones disparatadas que algunos periodistas lanzaron con irresponsabilidad, buscando circulaciones y ratings antes que acercarse a la verdad.

Creo, por ello, que ese sector del periodismo le debe pedir perdón al doctor Castillo y a su familia por haberse prestado a un ejercicio deplorable del oficio durante este tiempo.

Tras la desaparición, en abril de 2011, el doctor Castillo, con el amor y fuerza de un padre angustiado, haciendo un esfuerzo sobrehumano, ‘utilizó’ –en el buen sentido– al periodismo para ganar notoriedad, movilizar recursos e impedir que desmayara la búsqueda de su hijo.

Pero esta cercanía produjo una relación perversa, porque algunos medios encontraron la manera de tener mayor impacto noticioso mediante la invención de hipótesis  disparatadas –haciendo honor a ese lema lamentable de que la verdad no puede interferir con un ‘buen titular’– sobre la desaparición de su hijo, las cuales eran hechas suyas, en medio de su dolor y angustia, por el propio Ciro Castillo padre.

En el camino, se mancilló honras, como la de Rosario Ponce, a quien se acusó de todo por razones deleznables como su sonrisa. Asimismo, a varios policías que fueron involucrados sin pruebas suficientes.

Hay medios que, hasta ahora, año y medio después de la tragedia, lo siguen haciendo, dando ejemplo de ejercicio rastrero del periodismo.

Hoy pocos creen en la versión del asesinato, ni la prensa que sigue metiendo leña al fuego, salvo la familia Castillo, a la cual algunos medios, de modo irresponsable, empujaron con hipótesis descabelladas.

El daño ocasionado fue irreparable. Por un lado, porque alimentaban, sin fundamento, la posibilidad de que Ciro hijo estuviera vivo y, luego, cuando encontraron su cadáver, de que fuera asesinado. Por el otro lado, porque produjo un desprestigio aún mayor del periodismo.

Ojalá que Ciro Castillo padre y su familia encuentren paz, que Rosario Ponce y su hijo tengan una vida feliz, y que los periodistas que se provecharon de este drama puedan dormir tranquilos.

Los Castillo y los Ponce sin punto final

Por Augusto Álvarez Rodrich

Publicado en La República el 22 de Octubre 2011

Cuando la verdad no se opone a un ‘buen’ titular.

Más de 200 días después de desaparecido y de haberse convertido en tema inacabable de portadas y reportajes, la inminente recuperación del cuerpo del estudiante Ciro Castillo Rojo debería llevar a una evaluación profunda de la prensa sobre la cobertura que hizo de esta desgracia, especialmente de aquella que no tuvo problemas en mentir con descaro e irresponsabilidad solo con el fin de mejorar su circulación o audiencia.

Ojalá que el cuerpo que hace unos días vieron cinco rescatistas en un precipicio de 900 metros en el nevado de Bomboya sea efectivamente el de Ciro, pues no es la primera vez que se efectúa un falso anuncio que frustra el deseo de las dos familias directamente involucradas en esta desgracia de encontrar el cadáver como una forma de ponerle punto final a la tragedia.

Pero ese punto final nunca va a llegar. Para la familia Castillo, porque la muerte de un hijo constituye una pérdida irreparable que nunca podrá ser asimilada. Para la familia de Rosario Ponce, porque un sector de la prensa se encargó, sin los elementos suficientes, de condenarla y de asesinar su reputación.

Con una serie inacabable de reportajes motivados únicamente por la constatación de que Ciro Castillo era gasolina de alto octanaje para elevar ratings y circulaciones, un sector de la prensa se dedicó a alargar la historia como chicle.

En ese proceso, no tuvieron problema en denigrar a Rosario Ponce, acusándola de asesina e, incluso, divulgando material estrictamente privado como el obtenido en sus declaraciones en la Cámara Gesell, lo cual es una grave violación de la intimidad y de la privacidad. Esa fue una decisión que, hay que decirlo de manera clara y directa, no es periodística sino comercial, pues no se habla acá de la búsqueda de la verdad –que es lo que un periodista responsable debe hacer– sino del dinero.

¿Va la prensa a hacer esa autocrítica que se le demanda luego de una cobertura periodística en la que, con dignas excepciones que tampoco fueron pocas, abundaron malas prácticas del oficio que sus autores, sin duda, no cometerían si es que los perjudicados fueron sus hijos o familiares? Lo dudo mucho. Lo que van a hacer muchos de estos irresponsables es salir a buscar, como hienas hambrientas, la próxima víctima.

Es ante casos como estos en los que me asaltan dudas sobre el planteamiento de despenalizar los delitos de prensa. No, ciertamente, ante abusos contra periodistas como el pucallpeño Paul Garay –quien sigue preso, no hay que bajar la guardia–, pero sí ante abusos como el cometido contra Rosario Ponce, en cuyo caso algunos medios siguieron con rigor eso de que la verdad no puede interferir con un ‘buen’ titular.

CSI Colca

Por Augusto Álvarez Rodrich

Publicado en La República el 30 de Agosto 2011

El asesinato del periodismo ético que busca la verdad.

No tengo idea de cuál será la verdad en la desaparición de Ciro Castillo y, a estas alturas de la tragedia, no me sorprendería cualquier desenlace, pero tengo la sensación de que la cobertura de un sector de la prensa se ha pasado de vueltas, mellando su prestigio, y triturando la ética y la verdad a cambio de circulación y rating.

La desaparición de dos universitarios clasemedieros, enamorados, en viaje de aventura, con el rescate de la muchacha y un joven que sigue perdido por más de 150 días, tiene todos los componentes clásicos para atraer el interés ciudadano.

La gran cantidad de series televisivas cuyo eje es desenmarañar un crimen prueban dicho interés: CSI New York, Miami y Las Vegas, Cold Case, Misterios sin resolver, Without a trace, Detectives Médicos, Body of Proof, Bonds o Criminal Minds son solo algunas de las policiales que atraen gran audiencia.

No está en duda la legitimidad de la atención de los medios por Ciro Castillo. Por un lado, la prensa responde a la necesidad de informarse de la gente y debiera abocarse a revelar la verdad. Por el otro, algo que a los periodistas nunca nos gusta contar es que el periodismo también es un negocio que requiere altas circulaciones y ratings, lo cual no tiene nada de malo –al contrario– si esto se hace con ética y apegado a la verdad.

El periodista tiene muchos compromisos –con el medio en el que trabaja, con la gobernabilidad o con sus lectores o audiencia–, pero, antes que todo, está el compromiso con la verdad, lo cual constituye un fundamento innegociable.

Ahí radica, precisamente, el problema en la cobertura de la desaparición de Ciro Castillo. Cuando el periodista cree que la verdad no puede interferir con un ‘buen’ titular o un ‘buen’ reportaje –evaluados solo por su impacto en la circulación o el rating–, y cuando sus editores lo aceptan mirando al techo y esperando el aplauso del gerente que mide el éxito periodístico por la publicidad que contabiliza, se acaba triturando el compromiso prioritario con la verdad que demanda este oficio.

Como anotó con acierto Pedro Ortiz Bisso ayer en El Comercio, “para lamento de quienes se olvidan de ser periodistas para fungir de fiscales, al momento de escribir estas líneas no existe una sola prueba irrefutable que señale que en el cañón arequipeño hubo un crimen. No se ha establecido siquiera un móvil que sustente la teoría de un asesinato”.

Rosario Ponce podrá tener actitudes y reacciones que llamen la atención y hasta la sospecha, pero aún no hay pruebas de que sea una asesina. Sin embargo, un sector de la prensa –empujado por la lectoría o el rating– no ha tenido el menor reparo en acusarla, condenarla y hostigarla para construir un reality show irresponsable que los desprestigia a ellos mismos y tiene, entre otras víctimas, al periodismo ético que busca la verdad.