Chungui, Ciro y yo

Por  Wilfredo Ardito Vega

Publicado en su columna Reflexiones Peruanas de El Búho el 13 de Noviembre del 2011

Hace dos semanas, mientras los medios de comunicación atosigaban a lectores y televidentes con las noticias sobre el hallazgo del cadáver de Ciro Castillo Rojo, en la comunidad de Chungui (Ayacucho) eran exhumados los restos de 20 personas brutalmente asesinadas por los militares en los años ochenta. Entre los cadáveres había diez niños abaleados, cinco de ellos de menos de cinco años de edad.

El macabro hallazgo de Chungui refleja la impunidad de muchos militares y policías peruanos, que cometieron crímenes similares hacia miles de campesinos en los años ochenta, desde Umasi hasta Putis. Esta impunidad contrasta con la condena a cadena perpetua que también la semana pasada fue impuesta a Alfredo Astiz, el siniestro militar responsable de la tortura, asesinato y desaparición de decenas de personas en Argentina, incluyendo la fundadora de las Madres de la Plaza de Mayo.

En el Perú, en cambio, mucha gente piensa que es mejor olvidar las gravísimas violaciones a los derechos humanos que fueron cometidas y dejar que los responsables sigan viviendo tranquilos. Cuando, después de años de intencional olvido, la Comisión de la Verdad osó volver a recordar estos hechos, fue acusada de “reabrir heridas”, más aún porque llegó a señalar que durante varios años, los de Belaúnde, los crímenes habían tenido carácter sistemático.

La indiferencia de tantas personas frente a la desaparición de sus compatriotas ayacuchanos y los esfuerzos de sus familiares por encontrarlos mostraría una sociedad profundamente insensible… pero la semana pasada, parecía que más bien vivíamos en un país muy compasivo, al ver las multitudes desfilar conmovidas frente al cadáver de Ciro, llevando flores, rezando y llorando, tanto en Lima como en Arequipa.

Para la opinión pública es más fácil sentir empatía frente un crimen donde no existe ninguna connotación política y no se afecta el status quo. Por eso, los padres de los desaparecidos ayacuchanos, que tanto han luchado por ubicar a sus hijos y obtener justicia, han sido considerados un estorbo, mientras que a los padres de Ciro se les considera héroes por hacer lo mismo, contando el apoyo de los medios y las autoridades. Inclusive mucha gente respaldó al padre de Ciro cuando, sin prueba alguna, denunció a Rosario por homicidio. Varias personas me dijeron que, como ella tenía un hijo de una relación anterior seguramente “es mala”.

De esta manera los peruanos parecen tener sentimientos muy variables en relación a los homicidios: hay personas que a priori son consideradas asesinas, mientras hay asesinos que merecen vivir en la impunidad. Y con frecuencia, hay una justificación moral: hay quienes merecen morir, quienes merecen que los maten y aquellos cuya vida no importa. Cuando hace unas semanas un juzgado declaró inocente al coronel Elidio Espinoza, muchos trujillanos se sintieron satisfechos… no porque supieran que era inocente, porque todos saben que no lo es, sino porque siendo culpable no había sido condenado. Estaba “conectado”.