El linchamiento de George Zimmerman

En mi opinión, Zimmerman cometió un error al desobedecer al consejo de no seguir a Martin; sin embargo se debe separar ese error del hecho de que disparó en defensa propia; lo cual lo hace inocente de homicidio en segundo grado como lo ha determinado el jurado.

También desde mi punto de vista, la prensa, y varios líderes han calificado irresponsablemente este hecho como un acto racista, encendiendo una peligrosa chispa; lo cual no es cierto; aunque es probable que algunos policías -luego del hecho- hayan actuado bajo motivaciones raciales, pero eso es otra cosa.

Este periodista, contrario a casi toda la corriente de opinión de los medios y de la población, se atreve a mostrar algunas evidencias que ni la fiscalía ni la prensa ha querido mostrar.

Los linchamientos y el ser escindido

Por José Manuel Coaguila

Publicado en su columna “Del hecho al dicho” en Correo el 7 de Mayo del 2013

La “justicia popular” está hecha de manifestaciones inconscientes de agresividad. La vida en común, en sociedad, no se concibe como necesaria para el hombre. Las grandes corrientes europeas de pensamiento filosófico relacionadas con la definición de lo que es humano proponen una definición solitaria, no social del hombre. “Si no estuviera sujeto a las poderosas prohibiciones de la sociedad y de la moral -ha escrito Tzvetan Todorov-, el hombre, ser esencialmente solitario, viviría en guerra perpetua con sus semejantes…”.

Así, lo que tendríamos sería un ser escindido; por un lado, gobernado por su naturaleza innata, y por el otro, por el código de las normas éticas, cuyo resultado es la vida en sociedad. Es desde el primer ángulo que se gesta una “masa psicológica” capaz de acciones tan execrables como los linchamientos.

En una multitud humana que ha adquirido el carácter de “masa psicológica”, los individuos que la integran piensan, sienten y obran de un modo completamente distinto a como lo hubieran hecho aisladamente. Existen ciertas ideas y sentimientos que no surgen ni se transforman en actos, sino en individuos convertidos en multitud, pues quienes forman una masa integran un nuevo ser con características muy diferentes a la que cada uno de ellos tienen, manifestando mediante él lo que no hubieran podido exteriorizar individualmente.

Y es que el individuo masificado, por el número de personas que integran su grupo, adquiere un sentimiento de poder ilimitado, cediendo a los impulsos que antes, como individuo aislado, hubiera frenado forzosamente. Además el anonimato de la multitud lo libra del sentimiento de responsabilidad, poderoso freno de los impulsos.

Lo aparentemente nuevo en el comportamiento de los individuos que forman una masa no es más que la exteriorización de lo inconsciente individual, “sistema en el que se halla contenido en germen -según Sigmund Freud- todo lo malo existente en el alma humana”.

El proceder de las muchedumbres está determinado por el actuar de un primer individuo, el mismo que funciona como la pequeña e insignificante mecha que hará detonar el gigantesco explosivo lleno de todo lo que algunas veces quisimos hacer, pero que, por el código de normas éticas, que son las que nos permiten adaptarnos al mundo y a la vida social, obligadamente tuvimos que reprimir.

La influencia de unos sobre otros está basada en un principio de la psicología de masas conocido como “contagio mental”, el que provoca, en el caso de los linchamientos, una reacción en cadena irracional y sujeta a los instintos más perversos del hombre.

“Dentro de una multitud, todo sentimiento y todo acto son contagiosos”, algo así como la risa: escucha reír a otros provoca más carcajadas que las que hubiera provocado por sí mismo el chiste o la gracia. Cuanto mayor sea el número de personas que integran una masa, mayor efecto tendrá un estado afectivo, pues un individuo, al formar parte de la misma excitación de aquellos que han influido inicialmente en él, acrecienta el de los demás y, por inducción recíproca, la carga afectiva masificada se robustece exponencialmente hasta develar, en el caso específico de los linchamientos, el lado más oscuro de la naturaleza humana.

Inés deja prisión pero no rompe primera impresión

Por Victorio Neves de Baers – 3 de Abril del 2013

Bien por Fernando Leal, mal por Chilevisión.

Inés Pérez, víctima de la mala prensa que disparó el odio en la colectividad chilena, abandona su auto prisión pero es evidente que aún no se ha borrado la primera impresión.

Aunque Chilevisión ha sido sancionada, luego de leer los comentarios al video de Youtube publicado en esta nota, es obvio que muchos -demasiados- chilenos se han quedado con la imagen del pésimo reportaje de CHV.

Primer artículo: “Mato primero, veriguo luego”:

https://elcrimenperfecto.wordpress.com/2012/06/13/mato-primero-veriguo-luego/

Noticia de sanción: “Chilevisión recibe sanción de consejo de ética por entrevista a Inés Pérez”:

https://elcrimenperfecto.wordpress.com/2012/12/05/chilevision-recibe-sancion-de-consejo-de-etica-por-entrevista-a-ines-perez/

Inés, ¿hay algún mea culpa que tú hagas?

Haber entregado una confianza plena en un medio de comunicación.

Fernando Leal publicó lo siguiente en su cuenta de Facebook:

Vivimos un mundo individualista extremo, en el cual los sujetos solo se preocupan de lo suyo. Hoy es preferible culpar al justiciero que condenar al canalla. Fuimos testigos de una masacre cibernética en contra de una mujer inocente de lo que se le acusaba. Fuimos cómplices de su tortura. Pero nadie es capaz de decir basta. Nadie es capaz de pedir disculpas. Hoy me han desvinculado de mi trabajo por mostrar algo que me pareció justo. Justicia señores, de la antigua. Sólo espero que esto sirva para que meditemos sobre nuestra humanidad, o lo que va quedando de ella.

El Comercio también debería corregir su nota, al menos en la misma proporción del daño.

Chilevisión ha sido condenada, pero no ha cumplido la condena. ¡No a la impunidad!.

La tentación del linchamiento

Por Humberto Abanto Verástegui – Publicado en el diario Del País el 8 de Mayo del 2012

Ignoro si Rosario Ponce es culpable o inocente de la muerte de Ciro Castillo. Lo ignoro al igual que todos los demás, excepto la fiscal, la investigada y su abogado defensor, y los padres del muchacho infaustamente muerto en el Colca. Ellos son los únicos que conocen a fondo lo que hay en la carpeta fiscal. Sin embargo y a juzgar por la lapidación de que casi fue víctima al salir de rendir su declaración ante el Ministerio Público, al menos cincuenta personas en Arequipa ya condenaron a Rosario Ponce por haber dado muerte a Ciro Castillo. Grave. Muy grave.

Si bien, conforme a las reglas de la investigación forense, no llama la atención que se la considere sospechosa, puesto que fue la última persona que vio con vida a la víctima, no es menos cierto que una cosa es ser sospechoso y otra muy distinta ser culpable. Para lo primero basta, para el común de las gentes, con una simple corazonada. Lo otro, en cambio, exige el convencimiento razonable de los jueces luego de asistir al debate abierto sobre los medios de prueba acopiados dentro de una investigación imparcial.

Eso no le importa en lo más mínimo, claro está, a un padre cegado por el rencor. Tampoco a la prensa ávida de escándalos que eleven el tiraje y la venta, a la par que reduzcan la devolución. Mucho menos a los lectores ignaros, a quienes se les revuelve cotidianamente bilis, tripas y vísceras, poniéndolos en contra de alguien a quien ni siquiera conocen e irresponsablemente se atreven a considerar autora de la muerte de otro ser humano.

Ya va siendo hora de que los periodistas, antes que los legisladores o los tribunales, piensen en la necesidad de detener estas monstruosidades con que azotan a las víctimas de sus furias interesadas. No puede ser posible que ignoren el tremendo poder de su maquinaria informativa, capaz de deformar los hechos hasta el extremo y de amplificar sus versiones por la vía de la repetición incesante. Al contrario, saben muy bien que lo hacen y no dudan en hacerlo para satisfacer la insaciable sed de sensacionalismo y sangre que padece su primitiva lectoría.

Rosario Ponce podría ser inocente o culpable. Ambas respuestas son igualmente posibles en este momento. Pero la Constitución Política obliga a pensar lo primero y a tratarla como si lo fuera. Un mandato que llega al extremo de poner sobre los hombros de sus acusadores la carga de probar su culpabilidad y la libera de acreditar su inocencia. Todo esto, por supuesto, no cuenta para nada. Lo importante es promover y lograr un precipitado juicio popular por medio de cegar de furia a la muchedumbre y lo están logrando. Aunque sería bueno recordar que fue una muchedumbre la que clamaba ante Pilatos por la crucifixión de Jesús y la liberación de Barrabás.

Resulta repugnante y reprobable que, en medio de un proceso, se cree un clima social que no admita más respuesta judicial que la condena del procesado. Eso está ocurriendo con Rosario Ponce, pero no sólo con Rosario Ponce. Vale protestar por ello. No por simpatía ni por adhesión a ella o a otros procesados, sino por amor al sistema de libertades que consagra nuestra Constitución. Si las personas habrán de ser procesadas en medio de la atmósfera carnavalesca que rodea la investigación a Rosario Ponce, se liquidará toda posibilidad de lograr juicios justos. Los bárbaros que la apedrearon en Arequipa no la apedrearon sólo a ella, también apedrearon a la civilización.